Rituales que no necesitan marketing

Siempre que viajo, cargo en mi mochila de mano el mismo objetivo: conocer, al menos, un ritual típico de mi destino y formar parte de él. No hablo de visitar las principales atracciones turísticas que me ofrece el itinerario, esas ya vienen incluidas por defecto en el paquete, sino de aquellas prácticas que son propias de ese pueblo o ciudad que los hacen únicos y reconocidos en distintas partes del mundo y por las que nosotros, los extranjeros, sentimos curiosidad de hacer una parada obligatoria.

El año pasado, durante Semana Santa, cruzamos el charco para descansar unos días en la bella Colonia del Sacramento (este es un buen momento para decir que me declaro fan de las localidades que conservan su fachada de antaño preservándolo como lo más valioso de su poblado). Y pensaba, mientras desembarcábamos del Buquebus que nos había transportado en menos de una hora por el Río de La Plata, qué cosa peculiar el capricho macabro del destino de dividir tan cruelmente el territorio uruguayo del argentino. Además de la moneda, ¿qué otras diferencias guardamos con los hermanos charrúas? Si la pizza, la picada, el rock, la birra y el mate con tortafritas allí también son ley.

Caminamos por sus característicos pasajes empedrados, tomamos una Pilsen helada bajo la luz de un farol, nos sacamos una foto en la mítica Calle de los Suspiros, dimos vueltas y vueltas por el Barrio Histórico, una mañana tomamos el “mejor café del mundo” mientras nos rompíamos la cabeza con un juego de mesa que jamás resolvimos (al día siguiente volví por mi revancha y, por segunda vez, me retiré con las manos vacías), echamos un vistazo a los museos, leímos cada uno de los Monumentos distribuidos por la plaza, observamos el pueblo desde El Faro, nos bronceamos un poquito y vimos cada tarde la caída del sol.

El sol. A veces me considero la mina más escéptica pero el sol es diferente. El sol es mi fuerza divina, es energía, el sol zapatea su propio candombe (ya que estamos hablando de Uruguay), el sol transmite buenas vibras, el sol motiva. El sol tiene el poder de cambiarme el humor. Si el día está soleado, es (casi) imposible que escuchen alguna de mis quejas o me vean con la cara larga. Casi siempre pienso que el sol todo lo puede. El sol me empujó a escribir estas palabras. Y, a pesar de que hicimos todo lo que teníamos planeado, descubrí en el sol el verdadero espectáculo de la ciudad de Colonia.

El sol. Ese es el ritual del que hablaba en un principio. La primera tarde no nos dimos cuenta, creo que lo hicimos por inercia animados por la marea de gente que se movía en la misma dirección. Descendimos por las callecitas adoquinadas rumbo a la rambla. Habremos llegado un minuto más tarde pero esos últimos segundos en los que el sol se dejó ver fueron suficientes. Los pocos rayos anaranjados que se escondían anticiparon el cierre del telón. No supe describirlo para mí misma: un dejo de melancolía en el aire pero ciertamente quedé maravillada. Esa escena me dejó con ganas de más. Los siguientes tres días, procuramos antes de las 18 hs, tener listo el equipo de mate o nuestras Pilsens heladas para ver el descenso del sol desde el principio y aplaudir junto al resto de los espectadores por el show más emocionante que hayamos visto sin necesidad de desembolsar las billeteras.

Un par de semanas después, familiarizada nuevamente con mi rutina en Baires, recordé al fanático número uno de las puestas de sol y salió el siguiente fragmento deseando, de vez en cuando, poder mirar un cielo limpio, despejado de edificios, solo el sol y yo:

Un día el Principito nos contó que vio ponerse al sol cuarenta y tres veces (las ventajas de vivir en un planeta tan pequeño). Nosotros tenemos que esperar 24 horas para despedir al sol y, sin embargo, cuando llega el momento, lo dejamos marcharse sin penas ni glorias. Ni una mirada, ni una leve sonrisa. Sólo indiferencia. Será la ciudad, pienso, las torres y edificios que se llevan gran parte del cielo, la vorágine rutinaria que nos encierra en nosotros mismos y nos olvidamos de disfrutar. Hace unos días me di el lujo de ignorar al tiempo, de dejarlo fluir a la velocidad que prefiriera y fui testigo de uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza, totalmente gratis. Nos acomodamos en la rambla, como suelen hacer los visitantes y los pobladores del país vecino al otro lado del charco. Silencio. Algún que otro mate. Mi compañero, siempre a mi lado, y en mi cabeza extrañamente resonaba la voz de un joven Spinetta (“cuando las horas bajan…”). El último rayo fue devorado por el agua y, entonces, aplaudimos, como en el cine, como en el teatro, como en cualquier otro show. Una sensación increíble. Un adiós inexplicable. Un momento más que transcurre día a día y que nos perdemos por correr, por permanecer atados a la tiranía del tiempo. 

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Fotografías: Tomás Cueto González

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