Acelerar

En mi perfil de Linkedin me describo como “simpatizante de las redes sociales” y, aunque a veces me parece una expresión un tanto exagerada, creo que es una de las líneas más acertadas de aquel párrafo escueto en el que nos vemos obligados a reducir nuestros gustos, capacidades, hobbies y experiencia profesional como si un par de puntos seguidos fueran capaces de definirnos por completo. Pero, ese es un tema que precisamente hoy no quiero tocar.

Como venía diciendo, me considero fan de las redes aun cuando hace años soy consciente de la resistencia que ofrecen, por ejemplo, Facebook y Twitter, de abandonar nuestras vidas: se reinventan, se actualizan, juegan con las stories y los gifs, duplican la cantidad de caracteres, se amoldan a nuestras necesidades arrojándonos cada dos por tres publicidades, grupos o páginas de nuestro interés, incluso nos sugieren nuevas amistades. Puedo decir de antemano que mis amigos emigraron a otra red pero ya ni mis familiares se toman la molestia de realizar alguna publicación. Y de esto, hace varios meses. Sin embargo, a mí me cuesta el desapego. No puedo ignorarlas. Me niego a darles sepultura porque en cada una de ellas, por obsoletas que parezcan ahora, encuentro formas y herramientas distintas de exteriorizar ideas, acontecimientos, situaciones o lo que se me ocurra en el momento.

No quiero que se exasperen, por lo tanto, debo decirles que mi afición por las redes sociales tampoco es el tópico que quiero plantear. “¡Qué mina rebuscada sos!”, diría mi hermana y no la contradigo. ¡Pucha! Cómo me cuesta ir al grano. La cuestión es la siguiente: la semana pasada, navegando por la red auspiciada por el pajarito, leí un tuit que expresaba “a veces uno sabe que se va a estrellar y acelera”. Entonces, se me ocurrió hacer un texto construido a base de todas esas frases que detesto por clichés pero que, finalmente, termino usando de tanto escucharlas para poder simplificar las cosas y no rebuscármelas tanto. Claro que ese juego funcionó sólo en mi cabeza porque cuando comencé a escribir sucedió lo de siempre: las pocas neuronas en funcionamiento se achicharraron y las palabras, de repente, se inhibieron.

De todas maneras, la reflexioné, la transcribí en algún cuaderno. Desmenucé cada una de sus posibles connotaciones y, sin querer queriendo, comenzó a agradarme. Tracé una especie de mapa (que más bien, lucía como un cuadro sinóptico) en la hoja todavía en blanco y surgieron otras tantas expresiones más conocidas por el colectivo popular. “El que no arriesga no gana”, esa la deben tener. La cantidad de veces que despotriqué al oírla es proporcional a las veces que la utilicé en diversas charlas cotidianas, para dar algún consejo o para explicar con mayor facilidad un punto de vista. Luego, (y para la siguiente proposición te sugiero que descorches un tinto porque es un tanto más difícil de digerir, sin embargo, muchos la sueltan con total liviandad): “no hay mal que por bien no venga”. Insisto, qué complicado entenderlo en el momento que se materializa. Creo que ninguno de nosotros desea fracasar en la primera de cambio, todo lo contrario, aspiramos a que lo que nos proponemos salga bien. Pero resulta que son muchas las situaciones no dependen sólo de nuestras ganas y del empeño que podamos dedicarle. Hay circunstancias que se nos escapan de las manos; no podemos controlar todas las variables que se disparan en un mismo engranaje.

El tiempo pasará y, quizás, seamos lo suficientemente astutos para reírnos de aquello que nos provocó dolor pero que, a fin de cuentas, nos terminó abriendo nuevas y mejores puertas. Y es en este momento en el que me convierto en un espécimen descorazonado que puede hablar del asunto de manera frívola. Les aseguro, no es mi intención. Volviendo a los slogans de cotillón que todos alguna vez sacamos de la galera, les tiro uno de mis preferidos, “lo bueno de tocar fondo es que sólo nos queda subir”. Es ahora o nunca, así que vamos a sincerarnos. Esta expresión la usé (y la seguiré usando) hasta el cansancio. Claro que soy un poco más viva y trato de que pase desapercibida, la hago sonar cada vez con palabras diferentes, la pateo al ángulo definiendo con precisión y sin titubeos para que la percibas lo menos posible.

Seguramente se preguntarán qué quiero decir con todo este menjunje de argumentos que escapan de su hilo. Pido disculpas por mi respuesta nada reveladora pero lo cierto es que necesitaba hacer catarsis de mis caprichos poco convencionales. Eso por un lado y, por el otro, retomar el enunciado que me trajo hasta acá. Meter quinta, acelerar, permitirle al viento y a la velocidad que se apoderen de un cuerpo que ya no nos pertenece, esperar el impacto, ser conscientes del tremendo golpe que nos espera y, aun así, incrementar nuestros pasos. Y al final, si meto todo mi chamuyo purgatorio en la misma bolsa, concluyo que ninguno de mis planteos es aislado. Cada uno de ellos guarda una conexión singular con el anterior.

Acelerar para apurar la explosión; acelerar y desenredar ese embrollo que lo único que hace es crecer y asfixiar; acelerar y colisionar abruptamente contra la pared para que no haya lugar a réplicas, para que no haya posibilidad de remendar nada, para poner el punto final; acelerar y estrellarse de lleno contra el muro sólido de nuestros días, tal vez así nos animemos a explorar los caminos que todavía desconocemos; acelerar para atravesar el paredón que nos separa de otros desafíos; acelerar y dejar atrás un pasado que insiste en retrasar las agujas del reloj, que nos mantiene atrapados en un presente estático; acelerar porque implicaría acercarnos no a nuestra meta pero sí a un destino diferente; acelerar para crecer, para desandar y para aprehender. A veces, es necesario acelerar para que el dolor no se prolongue, para que las heridas y moretones se disipen más rápido. A veces, no nos queda otra que acelerar.

Acelerar para avanzar.

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