Escribir para sanar: por qué volvías cada verano

“Para mí la gente no hace lo que puede, hace lo que quiere. Para mí, mi familia no hizo lo que pudo con esta situación. No. Para mí ellos eligieron hacerse los pelotudos, eligieron mirar para otro lado. Y, también, ¿sabes qué? Hacer como si nada pasara es respaldarlo. Es ser complaciente con una bestia que fue capaz de domar a palos a su mujer y cogerse a su sobrina; es ser condescendiente con un tipo que cobró con cuerpo sus bondades; es aceptar y promover las brutalidades de un hombre que cree que puede tomar prestada la niñez de una mujer y destrozarla”.

Pocas veces me moví tanto para conseguir un libro como este.

Me encapriché. Debo admitir que la profesión me curtió bastante de mis propios caprichos: entrevista con aquella personalidad para conseguir la nota deseada, investigar sobre aquel tema para mi trabajo final de grado, utilizar este verbo y no otro para enfatizar mis intenciones, empezar por el final de la historia para darle más fuerza a mi relato, etc., etc.

En el camino, descubrí una decena de títulos que fueron a parar a mi lista de las próximas lecturas. Fue difícil. Pero no caí en la tentación. Yo quería este libro y no otro. Entonces, no me quedaba más remedio que respirar profundo y salir con los ojos cerrados y los dientes apretados de cada uno de los negocios que pisé soportando la ansiedad de mis manos vacías.

Recorrí Ituzaingó: nada.

Zona oeste: nada.

CABA: nada.

Mar del Plata: nada. Hasta que…

Lo paradójico de mi odisea (y la de mi amiga, porque no me dejó abandonar la búsqueda hasta que lo tuve frente a mis narices) es que la historia que nos cuenta Belén la conocía y, aun así, quería leerla por mí misma. No da lo mismo que te narren un hecho a ser testigo del hecho, y yo quería empaparme de esa crudeza de la que todos hablaban pero que nadie era capaz de explicar.

Hice una escapada fugaz a “La Feliz” y, una de esas tardes en las que el sol y la lluvia se disputaban su protagonismo en el cielo, salimos a caminar y al llegar al centro preguntamos en cada una de las librerías que nos topamos.

“Hace rato que estamos esperando que vuelva a entrar”; “preguntaron mucho por ese libro, ¿de qué trata?”; “se acabaron pero Fulanito lo vende”; “no, acá no, entraron pocos ejemplares pero Menganito lo tiene…”

– ¡Ay, sí! Está buenísimo ese libro y, además, a un precio súper accesible. En esta sucursal no quedaron más pero si lo querés llamo para que te guarden el último ejemplar que queda en la sucursal de Constitución.

¡SÍ, SÍ, SÍ! Dos horas más tarde y después de haber dado la vuelta olímpica por toda la localidad marplatense, el último ejemplar que quedaba en Libros de la Arena había sido embolsado y nos acompañaba a la casa donde parábamos.

Resumiendo: las líneas anteriores no son para nada importantes. Quería darle unos párrafos extra a mi aventura en pos de conseguir un libro que encontré inesperadamente en la ciudad de Mar del Plata y les aseguro que el esfuerzo valió por completo la pena (y la alegría).

*

Mi finde extra large terminó.

Una vez instalada en casa, me sumergí en la historia de Belén. Leí el libro en dos tardes porque no quería darle la delantera a mi ansiedad de devorarlo en un día. Y, aunque ya confesé con anterioridad que sabía lo que me esperaba en esas 124 páginas, naufragué cada dos por tres.

Lloré.

Puteé.

Hice varias preguntas. A mí misma y a la nada, como si alguien me fuera a responder.

No. No es un relato liviano. Lejos de usar metáforas o cualquier otro recurso literario, la herramienta más eficaz de Belén es no darle tantas vueltas a un asunto que no merece parches ni disfraces: simple, realista, detalles descarnados que cachetean al lector sin previo aviso.

En las pausas, en los puntos y aparte entre pasaje y pasaje, reflexionaba sobre la importancia de hablar sin pelos en la lengua, en el déficit comunicacional que padecemos, al menos, los argentinos. A veces, tanta perorata confunde a nuestros interlocutores. Dale, ahora que captaste su atención, tírasela. Belén, a sus 26 años, tiene esta cualidad bastante aceitada.

Por qué volvías cada verano es un texto que responde a una multiplicidad de funciones: accedemos a una denuncia, pero el hilo que nos conduce es el de una novela con sus distintos personajes, lugares y momentos y un conflicto que se manifiesta desde el comienzo. A su vez, el lector construye un hecho a medida que va uniendo las piezas del rompecabezas y al tiempo que se deconstruye (esa palabra con la que la sociedad ya se encuentra bastante familiarizada) una serie de estructuras fuertemente arraigadas en el imaginario cultural desde que nacemos.

Belén López Peiró nació en la ciudad de Buenos Aires en 1992. Sin embargo, cada verano tras terminar el ciclo escolar, armaba el bolso y se iba a Santa Lucía, localidad bonaerense donde residían sus tíos y primos y pueblo en el que nació su mamá. Así transcurrió la infancia y gran parte de la adolescencia de la joven escritora. Pero nadie garantiza que volvemos igual a como nos fuimos, y en su libro la protagonista da cuenta de ello. Entre los 13 y 16 años Belén sufrió los abusos de su tío, policía reconocido, un “macho alfa” con todas las letras, jefe de familia y respetado por todo el pueblo. Siempre de noche. Siempre de espaldas y sin mirarla a los ojos.

Sin pudores y sin culpa, el comisario iba por la vida exhibiendo su sonrisa socarrona y, como describe Belén, reposaba su arma allí a donde fuera, como si ese objeto canalla le diera la impunidad, como si ese objeto fuera el pase libre para penetrar sus dedos en el cuerpo de una nena y arrebatarle la inocencia y la infancia para siempre.

Por qué volvías cada verano, editada por Madreselva, es una novela polifónica. Belén narra en primera persona los episodios padecidos con su tío y, al mismo tiempo, le da voz a sus familiares a partir del momento que ella se anima a denunciarlo (los que le creyeron y los que no); los médicos que la atendieron, los empleados del poder judicial, entre ellos, su abogado, y se incluyen las declaraciones testimoniales que figuran en la causa.

belen 02
Belén López Peiró

¿Cuánto tiempo puede estar una persona tragándose su propia mierda sin que se ahogue? ¿Cuánto más podemos inflar un globo sin que reviente? ¿Cuánta más agua vamos a echarle al vaso sin que rebalse? Por qué volvías cada verano es una historia de abuso y violencia pero también es esa astilla jodida que cuesta sacar. Es esa maldita gangrena que infecta a la sociedad y que la empuja a escupir su podredumbre sentenciando primero y averiguando después.

Y entonces, todos te preguntan, ¿por qué volvías cada verano? ¿Por qué no lo contaste antes? ¿Te gusta sufrir? ¿Por qué dejaste que te cogiera? A veces parece que nos olvidamos que los tiempos del dolor son relativos. La angustia es un proceso largo de asimilar. Sólo si estamos realmente decididos a salir del pozo encontramos posibilidades de empezar a sanar. Belén se dijo ¡BASTA! a sí misma y  cuando se supo como víctima pudo enterrar el miedo y denunciar a su tío contra las habladurías y las negaciones de su propia familia.

La causa se inició en agosto de 2014 y, al día de hoy, están esperando la elevación a juicio.

La burocracia judicial seguramente se demore un poco más pero lo destacable de esta historia son las puertas que pudo abrir Belén. Reveló su faceta audaz, su mirada crítica y sus aptitudes para la escritura. Transformó una infancia arruinada en su arma más poderosa de lucha y construyó un puente sanador para quienes en estos momentos la están leyendo y cargan con una experiencia similar que necesitan contar.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s