Alto palo

Me pegué alto palo. Esta vez, sí. No como el amague que hice en aquella callecita pronunciada y llena de piedras de Tandil. No encontré el freno. Creo que mis pies siguieron pedaleando por inercia. Y me pegué alto palo. Me duele todo el cuerpo. Todo. Hasta aquellos rincones que ni yo puedo ver y cuya existencia ignoraba.

Lo más curioso de la caída es que mi cabeza salió ilesa. La muy perversa está intacta y recuerda cada detalle. La cantidad de veces que me acerqué al barranco y salí corriendo del cagazo. Mi única certeza era que si zafaba, tarde o temprano me arrepentiría. Y no me equivoqué. Me pegué alto palo y todavía estoy despatarrada en el cemento.

Algunos se acercaron. La gente se amontonó en torno a mí. Susurran, sisean, citan proverbios o frases tan conocidas que, a esta altura, no tienen sentido. Me toman de las manos, de los pies, incluso de la cabeza. Sigo inmóvil. Dicen que les gustaría ayudarme pero no pueden. La “recuperación” depende de mí. Me tengo que levantar sola. Muchos, aseguran, sufrieron esta caída y lograron cicatrizar todas las heridas.

– Esa calzada es traicionera -. Me advirtió uno de ellos bastante tarde, por cierto. –La mayoría de nosotros caemos en su trampa. Deberíamos ser capaces de evitarla.

Lo sabía. Claro que lo sabía. Muchas veces llegaba hasta la esquina, la miraba de reojo y la toreaba, siempre a la distancia. “No seré una víctima más de sus encantos”, solía pensar. Sin embargo, un buen día cometí la estupidez. Me animé a cruzarla. Me deslicé ligera, sutil. Por momentos, parecía volar. Durante años me creí incapaz de transitarla. Era un desafío con el que no me quería comprometer. No obstante, allí estaba. Rodaba sobre ella sin grandes sobresaltos, sintiéndome invencible (e invisible), bendecida frente a todos los demás.

Quizás, ese fue mi error: pequé de ilusa. Mantener el equilibrio me resultaba fácil porque siempre hacía lo mismo. La causa no fue una distracción. La causa fueron mis malditas ganas de intentar algo diferente, de intentar llegar al final del camino sobre aquellas dos ruedas sin sostenerme del manubrio. Pifié. La bici empezó a zigzaguear violentamente. Vi mi cara estallada contra el asfalto antes de que sucediera. Volví a volar pero, esta vez, el descenso fue repentino, agresivo. Entonces, ¡PORRAZO!

Sigo tumbada en el pavimento. De a ratos, consigo mover las extremidades aunque no, mi cuerpo insiste en permanecer petrificado. La gente murmura algo en mis oídos y se marcha. Y mi cabeza, la única que parece entera, es la turra perversa que no dejo de escuchar. Analiza cinco mil escenas por minuto, juzga mis decisiones y a mi insensata intrepidez de recorrer aquel camino.

Abro por fin los ojos y la veo. A mi izquierda, yace destartalada la bici que un día supo ser soberbiamente excepcional. Nos pegamos alto palo y no sé si al levantarnos podremos volver a rodar.

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