Sin saber

Hace dos años falleció mi abuelo. El papá de mi papá. El único que tuve la oportunidad de conocer porque Chiche emprendió su viaje demasiado temprano y casi no lo recuerdo.

Hace dos años falleció mi abuelo. Estaba internado peleándola hace rato contra un ejército de enfermedades que no le daba tregua. Si no era la artrosis que le inmovilizaba por completo las piernas, era la vista. Si no era la vista, era el estómago. Si no era el estómago, era la fragilidad de su cuerpo que le provocaba múltiples caídas peligrosas.

Hace dos años falleció mi abuelo. Tuvo una recaída y aguantó solo una noche de internación. Sufrió un paro respiratorio. La última persona que vio fue a mi abuela, ¿quién más? Desde sus 13 años decidió no abandonarlo ni a sol ni a sombra.

Hace dos años falleció mi abuelo y no pudo hacerlo de la forma en la que se había encaprichado: en su habitación, rodeado de las cuatro paredes que levantó con esfuerzo y mucho trabajo. Lo último que percibió fue esa sala blanca y fría de hospital en la que tan sólo somos un número más.

Hace dos años falleció mi abuelo, once días antes de que me recibiera. A sólo horas del momento más esperado y feliz de mi vida, Don Benitez nos abandonó para siempre. Claro que tenía que ser así porque todo el universo se rige bajo un maldito equilibrio inexplicable.

Hace dos años falleció mi abuelo y yo no llegué a tiempo. No pude darle una última alegría. Hace dos años no puedo dejar de sentirme culpable. Quería que supiera que después de tantos años, finalmente lo había logrado. Y no llegué.

Esta madrugada me desperté angustiada. Tuve un sueño triste. Culpé, en primera instancia, al eclipse lunar (porque a alguien o algo tenía que responsabilizar) y, luego, pensé en mi abuelo. Le pregunté por qué mi inconsciente me había traicionado de esa forma y la respuesta surgió sola: ya sabemos que nada es casual.

Quizá porque me dormí pensándote; tal vez porque la intensidad se adueñó de estos últimos días; quizá porque te fuiste sin saber, porque todo lo que no dijimos quedó amontonado y perdido en el tiempo; o simplemente porque hoy tengo ganas de extrañarte un poquito más que siempre.

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