Casi treinta

Ahora que estoy más cerca de los treinta que de los veinte se volvieron inevitables ciertas cuestiones. Creo que se trata de un síndrome universal. Surge constantemente en las charlas con amigxs y, de alguna manera, lo agradezco porque no me siento tan sola ni tan exagerada aunque, la mayoría de las veces, soy quien roza esa línea delgada entre ser o no una drama queen.

Por cierto, la inminente llegada de la tercera década es una temática que se instaló de prepo y sin disculpas, incluso, antes de los 29. Entonces, aparecen las matemáticas y todos esos cálculos imposibles en donde los resultados actuales no coinciden ni con las suposiciones ni con los deseos de hace diez años atrás.

Esto me recuerda a una balada que más de uno debe conocer y dice algo así como “si dos más dos diera tres, se calmaría un poco el estrés”. Los números no pesarían tanto ni serían tan terribles pero corren con la ventaja de la exactitud que me parte la jeta al medio (y la bocha también). En un mundo donde nada es seguro, las cifras no paran de actuar con convicción. Comprendí tarde que el movimiento es vertiginoso pero prefiero que los hechos estén sucediendo a la quietud tediosa, que mis pasos estén fluyendo a las pausas sin fecha de vencimiento.

Avanzo dos casilleros, me estanco un rato y vuelvo a acercarme a una meta indefinida. Como si estuviera jugando a la rayuela con una piedrita invisible. La sigo por instinto, la sigo con una fe ciega. Acelero por las dudas, meto freno de mano cuando el camino se torna zigzagueante. Claro que soy fan de la adrenalina pero si se pueden evitar los porrazos, mejor. Sin embargo, ahí está, tic toc pum pam, fastidiándome la sien. ¡Maldito y entrometido número! Ronda 24/7 como si fuera una sombra y logra compatibilizar con cualquier otro pensamiento, sólo para estar presente, sólo para jorobar y mantener atentos a un centenar de otro pesares.

Entonces, acuden los reproches, los arrepentimientos y las culpas. En primer lugar, conmigo misma. Lo que voy a confesar va a sonar re Disney (estúpido y sensual destructor de inocencias) pero la Nadia adolescente tan jodidamente estructurada y organizada se veía a los 25 años recibida, ejerciendo su profesión, viviendo con su propia familia porque, claro, ya tendría dos hijxs, un esposo, un hijo perro llamado Ringo, un posgrado y en vísperas de activar el doctarado, por no mencionar cinco idiomas más adentro y miles de kilómetros de avión encima por haber visitado todas las ciudades que siguen sin tachar en mi lista.

¡PUAJ!

Banquen que se vinieron las náuseas.

(Por cierto, qué manera de derrochar burguesía).

No quiero pecar de soberbia y decir que agradezco que la mayoría de mis aspiraciones no se cumplieron porque me acuerdo de todo lo que podría haber sido y no fui y lloro. Sí me pone contenta haber crecido en un contexto donde muy lentamente y por mí misma pude derribar ciertos mandatos que hoy me parecen aberrantes y que tenía incrustados en mi plan de vida cual chip de celular.

Casi dos décadas después, me sigo preguntando qué habría pasado si hubiera terminado mi carrera de bailarina clásica. Jamás podría soñar a escala de una Eleonora Cassano o un Julio Bocca, mucho menos un Teatro Colón, pero sí me imaginaba dando clases en mi casa a lxs niñxs que se iniciaban. Porque si bien fue una actividad, en un principio, impuesta por mis padres, terminó siendo mi cable a tierra y el momento más esperado de mis semanas. Resulta que la crisis de 2001 no sólo arrasó con nuestros ahorros, nuestros trabajos y nuestros estómagos. También, con nuestros sueños y distracciones. Mis viejos no pudieron seguir pagándolo. El tutú, la malla y el rodete pasaron a la historia.

Otro martirio diario es el de preguntarme por qué carajos no finalicé mi primer libro. Quería ser madre joven: besitos para mis futurxs niñxs (si es que llegan) que tendrán una madre surcada de arrugas. Quería ser una escritora veinteañera: besitos para mis fans (si es que algún día los tengo) que tendrán sus libros autografiados con una caligrafía tembleque. Cuestión es que todavía no pude meterme de lleno con mi proyecto de libro porque creo que no es el momento. Y ya saben que soy fiel creyente de que las cosas acontecen cuando deben suceder. No quiero escribir a los tumbos sólo por terminar. Cada vez que se hizo público alguno de mis escritos es porque, en primera instancia, yo lo aprobé.

En fin. No sirve de nada lamentarme ahora por todo lo que podría haber sido y no fue. Mucho menos, enojarme con mi viejos cuando rememoro mi infancia porque siempre hicieron todo lo que estuvo a su alcance para verme feliz. La realidad es que si tengo que poner todos estos años en una balanza, ocurrieron muchas otras cosas que no esperaba y me hicieron igualmente bien. Terminar la carrera que elegí, hacer amigxs nuevos que hoy son irremplazables, enamorarme, poder escribir de lo que me gusta y de lo que se me canta, como en este momento. Días de carcajadas eternas y bajones necesarios para aprender, levantarme y volverlo a intentar de otra manera.

Pienso que, aunque nos quieran hacer creer lo contrario, en la central de cómputos hay una gran cantidad de fallas. El plan de vida no puede ser exacto. Porque si dos más dos diera tres yo estaría despidiendo mis 28. Y porque ese plan fue arrojado a un torbellino descortés que se desplaza sin previo aviso, que se va modificando junto a nosotros, que evoluciona o retrocede a nuestra par. No podemos esperar que sea puntual cuando la vida se nos escurre precipitadamente y nos cambia las reglas del juego de un segundo a otro.

Por lo pronto, estoy procurando ser la soberana de mis ritmos. Diseño y rediseño el borrador de mi vida de acuerdo a las fichas que me tocan en el momento. Los plazos cambiaron. Dejé de ser tan exigente con el tiempo, estoy tratando de amoldarme a su cadencia. A veces, fluimos; otras veces, lo corro un poquito pero, en definitiva, lo que intento decir es que ya no tengo ganas de llevarme a las trompadas con la edad. A mis casi treinta y, como una forma de despedir a mis veintitodos, considero que me sobra inexperiencia en muchas materias pero tengo la certeza de que esos deseos, los mayores, los que todavía no acontecieron, van a encontrar su lugar en lo que me queda de existencia.

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