Históricas

Siempre fui bastante jodida.

Desde que me recuerdo tengo el ¿defecto? de contrariar las afirmaciones de la gente. Pero no lo hago por mero capricho o porque se me canta o por lo insoportablemente jodida que suelo ser. Es que, con el paso del tiempo, aprendí que hay que acostumbrarse a cuestionarlo todo. Nada es definitivo, lo preestablecido padece una crisis de convicción y los grises sí existen. No podemos limitarnos sólo al blanco o al negro.

A medida que fui creciendo, mis (malos) modales se profundizaron. Las reuniones familiares (¡qué mal tan necesario!) se me hacían muy difíciles de sobrellevar. Cualquier tema era motivo de discusión. De hecho, al día de hoy, dudan si es conveniente charlar sobre política, religión, sexualidad, feminismo, maternidad o la cuestión que surja porque se desata una batalla campal en la que, les garantizo, no voy a poder quedarme callada.

Luego, la adolescencia. Esa etapa tan hermosa y cruel que, definitivamente, desearíamos volver a vivir. En ese momento, no me iba tan bien con las palabras. Tampoco estoy dando por hecho que ahora sí, pero no me salía expresarme ni escribiendo. Entonces, ¿cómo le explicaba a mi viejo que un abrazo, una rosa o mi chocolate preferido no podían hacerme sentir mejor un 8 de marzo? De hecho, despotricaba y repetía que me parecía el día más machista de todo el año. No quería sentirme especial, ni privilegiada, ni mimada. Quería sentirme respetada, quería sentirme una igual.

003

Hasta que la consigna cambió. Empezamos por respetar nosotras mismas esa fecha en la que no teníamos absolutamente nada alegre que conmemorar pero sí bastante para reflexionar, desmentir, destrozar, desarmar y volver a empezar para cimentar las bases de una ola que ya estaba en movimiento hace rato y que crecía de forma silenciosa pero contundente.

El resto es historia sabida y no pueden imaginar lo afortunada que me siento de ser contemporánea a ella. Desde la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario en 2010, pasando por la modificación en el Código Penal de la expresión nefasta de “crimen pasional” por “femicidio” en 2012 hasta anclar en el estallido que supuso la marcha, el reclamo y la indignación generalizada del Ni Una Menos el 3 de junio de 2015, las mujeres, lesbianas, travestis, trans, bisexuales y no bineries no nos callamos más.

Y no nos van a callar. Nunca me sentí tan acompañada, tan jodidamente acompañada como en estos últimos años. El mensaje es claro, por eso, no entiendo por qué todavía tenemos que explicarlo. No es contra el hombre, es contra un sistema que nos denigró y despreció sin remordimientos desde el principio de los tiempos por el simple hecho de nacer con un órgano que hace posible traer pibes al mundo. Por no mencionar que ese mismo sistema que procuraba tenernos atadas de pies y manos también se encarga de oprimir a los hombres. Ilusos los que creen que han salido exentos del patriarcado. Y ya que estamos, ¿para cuándo la liberación masculina?

Foto 1 editada

Cada debate que logramos empujar al recinto de los Diputados y Senadores, cada modificación por pequeña que fuera, cada movilización que logramos concentrar a los pies de alguna institución del Estado: la interrupción voluntaria del embarazo, la ESI en las escuelas, el uso del lenguaje inclusivo, todos esos escalones que superamos son, además de una victoria, una deuda que no pensaban retribuirnos si no salíamos a las calles, si nos manteníamos calladas en el resguardo de nuestra ignorancia y nuestros miedos, si no aprendíamos a decir NO.

Hoy, más que siempre, tengo ganas de recordar y reivindicar a todas esas mujeres que fueron dejando sus huellas y trazando el camino en el mapa para que lleguemos hasta acá: las anónimas de las que no conocemos nombre ni rostro, esas que dieron el cuerpo y la vida tejiendo principios y convicción; las que contribuyeron con sus muchos o pocos granos de arena a generar el cambio, a equilibrar un poco esta balanza tan desnivelada; aquellas que dieron pelea hasta conquistar los derechos de los que hoy podemos gozar; las que escriben, cantan, producen o crean manojos de esperanzas; esas mujeres setentistas que se cazaron un pañuelo blanco en la cabeza exigiendo el paradero de sus hijxs y nietxs convirtiendo ese accesorio en un símbolo de nuestra dictadura más despiadada (y, también, en el símbolo de una lucha a la que no pensamos renunciar); las mujeres desaparecidas, las explotadas, las violadas, las asesinadas; las mujeres valientes que, aún con mucho miedo, no se arrodillan más frente al patriarcado.

Hoy, más que siempre, tengo ganas de recordar y reivindicar a todas esas mujeres que nos inspiran a diario, que nos empujan a seguir por este camino de caídas, injusticias, muchas lágrimas, aprendizaje, deconstrucción, empatía, sororidad, este camino que nos lleva a un único destino, ser incuestionablemente históricas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s