La tarde demorada

La tarde resiste unos minutos más
desde que te acomodaste en la casa.
En los pasillos deambula una esencia ligera,
que refresca y estimula.
Me quedo absorbiendo lo que queda de claridad
mientras preparas el té:
dos cucharadas de azúcar,
un toque de miel
y unas pizcas de tu fervor.
Así apreciamos la llegada de ese manto oscuro
que ya no se siente tan frío,
ya no se siente tan solo.
De vez en cuando, percibimos los guiños que lanza,
ilumina tenuemente los rostros
y las suspicacias.
El viento empieza a jugar con nuestros cabellos
y vos me envolvés en susurros,
me arropas con tu risa.
Tarareamos alguna melodía imprecisa
sin nombre, sin cuerpo, sin palabras
pero que suena siempre de la misma manera.
Le das el último sorbo a tu infusión
y ya te dispones a preparar el agasajo de cada noche.
Prendes un cigarrillo, le das una pitada
y me lo cedes hasta el final,
hasta que se extingue por completo.

La tarde resiste unos minutos más
desde que te acomodaste en la casa.
Debe ser fundamentalista de rituales,
la anfitriona protocolar de los besos sin permiso,
una apostadora empedernida de los “te quiero bastante” sin decirlo,
una entusiasta radical en perpetuar instantes con solo una mirada.

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