Febrero sabe ser

Febrero sabe ser multifacético.
Es el mes de las vacaciones: puede ser montaña o puede ser mar.
Es el mes del verano intenso: es el sol a pleno y las temperaturas por encima de los 30°.

Febrero sabe ser agua: se viste de tardes de pileta o de lluvias torrenciales.
Es el mes del aire que acaricia tibiamente el rostro: convida paseos en bicicleta y horas de caminata.

Febrero sabe reverdecer: organiza picnics en el jardín y siempre está presto para una birra helada bajo el cielo estrellado, el canto interminable de los grillos y esas charlas que no van a surgir en ninguna otra ocasión más que allí.

Febrero sabe ser color: a pesar de su condición inminente de ebullición, evita a toda costa la oscuridad para que no se siga asentando la combustión.

Febrero sabe ser efímero: comienza y termina en un parpadeo. Es el mes más corto del año y, sin embargo, el que acapara más intensidad.

Febrero saber ser nostalgia: es el mes que más añoramos; es el mes que no queremos que llegue a su fin.

Febrero sabe ser multifacético. Y de todas las caras que puede adoptar, a mi siempre se me figura de la única manera que lo prefiero (quizás porque me lleva directamente a mi infancia).

Entonces, febrero saber ser, también, sinónimo de carnaval.

Y todo este sermón introductorio me da pie para lo que en realidad quería contar. Ayer por la tarde iba en el bondi después de un día interminable de laburo y calor y, como de costumbre, mi mirada se perdió en lo que sucedía al otro lado de la ventana. Casi siempre miro por mirar porque la mayor parte del tiempo ando perdida en mis pensamientos… hasta que los vi.

Una nena corría a carcajadas a un nene al que no le alcanzaban las piernas para rajar. La piba tenía en cada mano una bombucha y el bondi aguafiestas pasó veloz. No llegué a ver si finalmente le acertó y lo mojó pero tuve en esos fugaces ¿dos, tres segundos? Como una especie de deja vú. Me vi siendo esa nena corriendo atrás de mis vecinos con botellas, baldes, bombuchas, con lo que tuviera, por la cuadra de mi casa. Y medio que se me piantó un lagrimón.

Hace veinte años me desesperaba por crecer. Quería todo YA (bueno, más o menos como ahora porque ansiedad). No me daba cuenta de lo inmensamente feliz que era con tan poco: dando vueltas a la manzana hasta el anochecer día tras día, aprovechando cada segundo del eterno verano que siempre resultaba muy corto. Así, jugando, riendo, dejando correr esa vida tan joven entre “chapuzón y chapuzón”, entre manchas, quemado y escondidas, sin entender del estrés que en estos momentos estoy sintiendo ni de infinitas listas mentales acerca de pendientes que no puedo tachar y que se siguen acumulando.

Febrero sabe ser multifacético y nostálgico. Me retumba su espíritu fiestero, me contagia su música alegre y me adueño de sus banquetes de trasnoche. Y, a la vez, me recuerda la distancia, lo lejos que estoy de esa nena que corría por su barrio deseando crecer sin saber que, cuando finalmente lo hiciera, desearía con todas sus fuerzas volver a ser, por un ratito, esa nena inmensamente feliz que lo tenía todo sin entenderlo.

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