Libre albedrío

No siempre tengo ganas de explicar los textos que escribo.

(Ni yo quiero traducirlos de una forma estructurada).

Acaso, ¿es un requisito para compartirlo públicamente?

Puede que mi memoria falle. Últimamente, titubea más de la cuenta y, sin embargo, no recuerdo haberle pedido instrucciones a Cortázar para jugar su Rayuela ni mucho menos entrometerme en la manera que encontró García Márquez para relatar una historia de amor en los tiempos del cólera.

A esta altura y, una vez superado el trauma de que me lean, disfruto hacerlos partícipes de mi pequeño mundo pero, también, me gusta guardarme algunas cosas solo para mi.

Hilar un delirio místico de aquella vez con otro de hace veinte años y hacer una sopa de enigmas con los revoltijos que desempolvé.

Las palabras gozan de una libertad inexplorada. Claro que hay límites. Diviso las fronteras cuando sé que puedo molestar las susceptibilidades de un otro. Y el ser humano es tan retorcido y mal pensado, incluso, cuando no hay intenciones.

Mi meta (casi siempre) es cerrar una idea. Esto evita que los insomnios se multipliquen al apagar las luces.

¿Se dieron cuenta del atrevimiento de los barriletes? En inmediato contacto con el viento atraen una fuerza arrasadora con la que intentan fugarse en cualquier dirección.

Así me imagino a los textos. A todos ellos. Una vez que cobran vida en el discernimiento de un ajeno, queda anulada la voluntad del autor. Las interpretaciones se disparan a la velocidad de la luz y cada quien se apropia de sus conclusiones.

El tiempo, la distancia, el tren al que no subí, la oportunidad que no supe aprovechar, la lágrima que no derramé, la que estuvo de más, y todas esas excusas que me aburrí de justificar. Las palabras no pagan peaje, se deslizan derechito a su emancipación y van en busca de algún hueco en donde reposarse y hacer vibrar de una manera eficiente alguno de tus sentidos.

Y es que lo entendí cuando me animé a abandonar la clandestinidad: una vez que la hoja en blanco pierde su rasgo más inherente, el texto deja de pertenecerme. Ahora es de quien lo lee, de quien le dio pista para desplegar las alas y, en ese vuelo, le asignó una razón de ser.

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