The end

Estaba mirando la tercera película del día cuando me llegó tu mensaje:
¿cómo estas?”

Estaba intentando, en medio de la oscuridad, zafarme de la montaña de frazadas que me mantenían apresada; andaba a oscuras porque nunca levanté las persianas. No tenía ganas de soportar el hostigamiento del sol por ese maldito sábado espectacular que hacía del otro lado de la ventana y que me estaba perdiendo conscientemente. Manoteé un par de veces sobre la cama hasta que el celular volvió a vibrar:
no creo que vayas a responderme pero quería que supieras que no pude dejar de pensar en vos”.

Si tuviera el coraje que se necesita para deshacerme de ese aparatito dependiente lo hubiera revoleado contra la pared para que se hiciera añicos. Así lograría que se perdieran en la nube cibernética tantos pernoctes de risas y charlas sin sentido que surgían sólo por el hecho de acompañarnos; así perdería para siempre tu contacto y no me tentaría con llamarte cada dos por tres solo por el hecho de escuchar tu voz. Así, tal vez, tu desprecio se hiciera una bola de humo que rodara lejos y dejara de desgarrarme cada vez que te recuerdo. Pero en un segundo de lucidez me di cuenta que no estábamos en la mejor situación para que yo quedara incomunicada por un brote de rabia (¿o de tristeza?) que no valía la pena.

Como si no fuera suficiente el confinamiento social, estaba atrincherada en mi habitación mirando la tercera película del día con el objetivo de autoboicotearme, para angustiarme sin culpa, para justificar mi llanto desconsolado de hace dos días en un largometraje ridículo que nada tenía de dramático y que me sensibilizaba de todas formas.

Resulta que padezco déficit de atención (o, al menos, eso me diagnostiqué yo misma) y estaba intentando ver la tercera película de ese día cuando el teléfono me distrajo. Claro que, para ser sincera, estaba mirando sin ver, nunca me pude enganchar con el hilo de la historia porque lo único que resonaba bien fuerte en mi cabeza eran sus últimas palabras:
che, me parece que flashamos. No nos olvidemos cómo son las cosas”.

Miré la pantalla. No contesté. Sentía que en ese momento se podía desatar la Tercera Guerra Mundial y mis ánimos me declararían derrotada en la primera batalla. Me fui un rato de mí. La bocha salió a pasear para aminorar ese enojo que crecía en el pecho. De repente, me convertí en la protagonista de la película que ya había abandonado desde su inicio y vi nuestros rostros en un primer plano, te vi a vos devolviéndome esa sonrisa a la que jamás pude negarle nada y me volvías a invitar una tarde cualquiera a tu cafetería preferida.

Comenzó a rodar nuestra historia en aquella pantalla de 43 pulgadas que todavía sigo pagando desde la mudanza: una carta escrita a mano con tu firma, una caja de chocolates de la que queda algún resabio en la heladera (y que seguramente no volveré a comer), unos mates dulces entre abrazos infractores de cuarentena, cada una de tus facciones del otro lado del cristal protegiéndome del frío de las primeras noches otoñales, tus anécdotas sobre museos y librerías que ya no me llevarás a conocer, tu Coca Cola con hielo y mi birra helada, tus videollamadas puntuales después de la cena y antes que yo me pusiera el pijama y te las rechace, mi cumpleaños lejos de mi gente y tus cientos de malabares para que sea el día especial que esperaba pasar, tu insistencia ante mis cuelgues, tus “tengo ganas de verte” a las tres de la tarde, tus textos espontáneos sobre el cuaderno (con lo que me gusta que se siga haciendo literatura sobre el papel trazando (y tachando) con tinta), mis relatos inspiradores, tus “¿me vas a seguir queriendo cuando finalmente podamos vernos”?, los mensajes que debo enviar sin faltas de ortografía y sin omitir puntos ni comas a mi hermana y mis amigas (todas te sacamos la ficha, pero quedate tranqui que a todas nos compraste por igual), tus “te extraño” a las tres de la madrugada…

Luego, el clímax. Porque el argumento de un film no se puede sostener sin que sus personajes enfrenten complicaciones y con ellas sufran alteraciones internas que los hagan crecer o encerrarse por tiempo indefinido en el umbral de sus miserias. Parece que nos fumamos unos días de más en aislamiento y la flashamos. O tal vez, pienso, se aburrió de este juego insano de intentar hacernos bien. Tu mensaje cayó junto a esa lluvia torrencial que nos azotó el jueves. Cayó y me empapó con un manantial de inseguridades que pensaba resueltas. Ahora tengo al miedo alojado en mi cama susurrándome improperios que yo misma me lancé, recordándome de manera maliciosa que no obtuve más que el final que me había imaginado de antemano.

Y, por último, tu mensaje. Justo cuando estaba arrancando la tercera película del día. Tu mensaje fuera de lugar porque ya nos habíamos dicho todo; tu mensaje poniéndote en el papel de víctima porque la culpa es la reina de todos los males y seguramente vos tampoco pudiste dormir estas dos noches. ¿Por qué nos aferramos a esa actitud tan egoísta que tenemos de resguardar al propio ego para sentirnos mejor con nosotros mismos sin importar cuánto estemos lastimando al otrx? ¡OJO! Yo también me hice “pro amor propio” por sobre todos los demás. Pero jamás voy a estar a favor de pasarle por encima a la persona que digo querer sin priorizar el vínculo que formamos.

La tercera película de ese día terminó. Y la que nosotros flashamos también. Miré la pantalla una vez más pronosticando no una respuesta sino los días que me esperaban. Ven por qué me declaro enemiga pública de los finales. Aunque éste me lo autospoilié, no quise que fuera diferente. Y no respondí el mensaje.

The End.

2 respuestas a “The end

  1. Sos una genia, Huecos. Me atracesaste el cuore con cada palabra, cada coma, cada punto final. Odiemos los finales, banqueros las tramas. Yo con la de esta historia me quedo flasheando un rato más.

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