Ser un hombre

Los hombres no lloran”,
le dijo su papá la primera vez que se cayó
de la bicicleta y se abrió la rodilla.
Tenes que hacerte hombre, devolvé el golpe”,
lo sermoneó su papá cuando, cinco años más tarde,
volvió con el ojo morado de la escuela.
¡Así no patean los hombres!,
le gritó su papá cuando le erró al arco
y se perdió el gol que podría haber llevado a su equipo a la gloria.
Estuvimos haciendo cosas de hombres”,
contó su papá cuando lo llevo de pesca y a acampar
y terminó siendo el finde más aburrido y largo de su adolescencia.

Nada le había resultado más difícil y agotador en la vida
que intentar complacer los deseos de su padre
y convertirse en hombre.
Dejar la casa que lo vio crecer
fue la llave al alivio pero, también, el comienzo para amigarse con todo lo que era,
con todo lo que quería ser.
Hoy el reflejo que le devuelve el espejo
es muy distinto al que recuerda de su infancia.
Se parece bastante a cómo imaginaba la adultez a espaldas de su papá.

Cada tanto, sus pensamientos son asaltados por esa culpa ruidosa
y sin escrúpulos que le impide la reconciliación con su pasado.
El abuelito Mateo partió
y tuvo que aguantarse la respiración, las lágrimas y la tristeza
porque los hombres no lloran.
Se mudaron a otra ciudad y perdió el contacto con todos sus amigxs,
¿para qué perder el tiempo en abrazos y despedidas?
tenía que hacerse hombre.
Recibió como regalo en su décimo cumpleaños una pelota de fútbol
porque tenía que practicar y patear como un hombre.
Y tuvo que guardar en el cajón más olvidado de su cuarto
el glitter y el labial rojo que usaba su mamá y que tanto le llamaba la atención
porque eso tampoco era cosa de hombres.

Los maltratos que recibió de su propia persona
intenta sanarlos una vez a la semana en su sesión de terapia.
Ejercita la sinceridad para no volver a hundirse
en un círculo de cuentos que ya no le gustan.
Sin embargo, hace meses desconoce del insomnio y las pesadillas.
Sabe que su deuda mayor la saldó antes de que fuera demasiado tarde para ambos.
Esa mañana fría de domingo
se puso un vestido negro y los tacos que no traicionaban su andar.
No le faltó ni su máscara de pestañas ni la sombra
que resaltaba tan bien sus ojos verdes,
tampoco se privó del labial rojo fuego.
Agarró su cartera de cuero, se puso los lentes de sol
y se dejó envolver por aquel día que auguraba comienzos y finales.

Quería estar presente,
quería decirle adiós a su papá,
la persona que más le había dejado enseñanzas mientras crecía.
Llegó al cementerio y recordó cada una de sus palabras
como si se las hubiera tatuado en la memoria
los hombres no lloran”.
Entonces, lloró.
Lloró con liberación y congoja,
lloró con satisfacción y nostalgia,
lloró todo lo que se reprimió llorar
porque nunca había sido un hombre.

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