La abuela Kika

El mismo barrio, aquella esquina y ese árbol de paltas que no deja de dar frutos. Me acerco al timbre de su casa, lo hago sonar. En realidad, me quedo pegada a él, prolongo el sonido sólo para que ella se cerciore, al escucharlo, que soy yo. Y entonces, abre la puerta. Viene corriendo como si se tratara de una urgencia. Me mira, sonríe, busca un par de segundos la llave correcta que destrabe el portón.  Me percato de sus mejillas sonrosadas que sobresalen de su tez pálida. Debe estar cocinando, pienso. Ella sigue buscando la llave.

Perdoname, hija. No llevo los anteojos puestos -, se excusa mientras la bendita llave sigue sin aparecer.

Estuvimos 40 días sin vernos. El 21 de diciembre del año pasado tomó un vuelo a Miami para visitar, en primer lugar, a sus dos hijas. También, para vacacionar. Pero, principalmente, para estar presente en el casamiento de su segundo nieto, Nicolás. Cada viaje que realiza se vuelve una aventura; una anécdota descabellada que tiempo después llenará de risas la mesa de un almuerzo familiar o cena de cumpleaños. Quizás por su corta experiencia con la burocracia de los aeropuertos; tal vez, por su despiste innato que, en esta última oportunidad, se llevó los premios Óscar en las ternas “Mejor Guión” y “Mejor Actriz de Reparto” al darse cuenta justo antes de embarcar que su DNI había quedado en la casa. Corridas, gritos nada agradables por parte de mi papá, negociar con inmigraciones, pedir firmas y autorizaciones, subir al avión de pura suerte o porque simplemente se trata de ella y despegar.

***

La llave aparece, el portón se abre y nos damos un gran abrazo. Cruzamos el jardín que se extiende en la parte delantera de su casa. Hay algunas rosas, varios ficus, potus, alegrías del hogar y unas cuantas plantas más, y el pasto verde verde. Hacia la derecha, un pequeño quincho techado y una parrilla hecha de ladrillos que no carga tantos años y en la que mi abuelo solía hacer exquisitos asados.  Ingresamos a la casa. El primer ambiente que nos recibe es el living con tres sillones acolchados de manera impecable, una mesa ratona de vidrio con varios adornos y souvenirs y un televisor. Apenas nos asomamos a su interior, el aroma peculiar de la chipa y la sopa paraguaya me invadió gratamente. El calor por el horno prendido nos hizo tomar rápidamente las sillas blancas de plástico y el mate para refugiarnos bajo el inmenso árbol de palta y refrescarnos con el viento veraniego al caer la tarde.

Mi abuela “Kika” (así la llamamos con mis hermanos y primos desde que tengo uso de razón), es paraguaya. Dio a luz a Ramón – su primer hijo y mi padre -, cuando tenía 14 años. Vivía en un pueblo pequeño y rural, llamado Carapeguá, pero antes de alcanzar las dos décadas de edad decidió junto a mi abuelo probar suerte en Argentina y venir en busca de un futuro mejor para ellos y sus tres hijos. Dejó atrás sus días de despertar con el cacareo de las gallinas, de compartir el pan en una mesa numerosa, de trasladarse a pie o al lomo de un caballo para adentrarse en la vorágine ensordecedora de la ciudad de Buenos Aires. Los primeros años, alquilaban una pequeña casa en un inquilinato ubicado en el barrio de Flores. Luego, cuando los ahorros lo permitieron, compraron una casa en el municipio de Ituzaingó, zona oeste de la provincia de Buenos Aires, alejada de la urbe pero rodeada del verde de la naturaleza y de árboles frondosos, tan altos como edificios.

Hoy, casi 50 años después, nos encontramos en la misma casa, en aquella esquina, tomando mates y saboreando, en mi opinión, la mejor chipa que probé en mi vida, bajo el árbol de paltas que no deja de dar frutos. Mientras tanto, mi abuela habla. No sabe por dónde empezar. Se la nota animada. Le cuesta quedarse quieta. Antes de servir el primer mate, se levanta para traerme fotos, se arrepiente, vuelve a sentarse. “Primero los mates”, me dice sonriendo.  Toma la bandeja en la que reposa la sopa paraguaya, corta una porción y la prueba.

– ¡Ay! Hakú -, susurra llevándose la mano a la boca. Por su expresión pude entender que se había quemado. Muchas veces la escuché hablar en guaraní, sobre todo, con mi abuelo y mi papá, cuando yo era más chica y no querían que supiera de qué estaban conversando. Me gusta oírla hablar en su lengua materna. A veces, pronuncia de forma inesperada alguna expresión. Casi todas las palabras se acentúan y se verbalizan tan rápido que apenas se advierte alguna sílaba. Sin embargo, sigo sin comprender una sola palabra cada vez que se da la ocasión.

***

Y la tarde se fue perdiendo en su voz. Comenzó el relato con el vuelo casi frustrado, mencionó algo del rosario que cuelga de su cuello cada vez que abandona la casa por un tiempo prolongado y las veinte veces que le rezó y lo besó antes de que el avión se elevara. Intenté comprender el diálogo que tuvo con un seguridad yankee porque las carcajadas acapararon la escena y cuando se tienta es difícil calmarla. Luego, dimos lugar a la emoción: el reencuentro con sus hijas, sus nietos y bisnietos, a quienes años atrás los despidió siendo bebés; el casamiento de Nicolás (mi primo), la alegría inexplicable de superar más de 7 mil kilómetros para verlo dar ese paso tan importante con su novia de la secundaria. También dijo algo de la Navidad y el Año Nuevo pero fue un comentario pasajero, dos acontecimientos que en esta oportunidad resultaron inadvertidos. Hacia el final, cuando las últimas gotas de agua abandonaban el termo y me convertía en la dichosa propietaria de ese mate, hizo referencia al momento de regreso, volver a Buenos Aires, pronunciar ese “hasta luego” que aún no posee fecha en el calendario.

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