Santa Teresa de las alturas, la favela que no fue

Una morena cincuentona de cabello prominente, asoma su rostro por aquel balconcito circundado de flores. Observa detenidamente: primero a la izquierda, luego hacia la derecha. Se cuelga ensimismada, con la mirada fija en un punto invisible sobre el horizonte hasta que se percata, cinco segundos después, que lleva en su mano diestra un recipiente lleno de agua. Sin embargo, aquella maceta de tierra seca nos advierte, mientras absorbe el líquido, que nada verde brotará de sus raíces descuidadas. Mientras tanto, en el piso inferior se ubica el almacén de Joao Mendes, conocido en el barrio por su pan de queso (pao de queijo) calentito a todas horas. Dos casas más adelante, sobre la calle Rua Paschoal Carlos Magno, se erige siempre atractivo el Bar El Cafecito, el más popular de la zona y uno de los más concurridos de Río de Janeiro. Los lugareños comentan que la birra helada es una parada obligatoria en la cantina antes de continuar camino.

A medida que avanzamos, se hace difícil pasear sin distracciones. Las veredas rebosan de puestos callejeros y su consecuencia inmediata es la curiosidad de los turistas: instrumentos de madera autóctonos, imanes, llaveros, vasos, tazas, bijouterie, lapiceras, adornos que hacen las veces de suvenires, bolsos, bolsitas, carteras, ropa, y los colores… Sin darnos cuenta, entramos en una especie de trance hipnótico, seducidos por esa paleta de acuarelas que, por momentos, me recuerda al Barrio de La Boca (salvo por el tango, claro). Cada vez que se llega a una esquina, se advierte el caos moderado por la costumbre. Los autos que transitan a la velocidad de la luz, cruzan como pueden (al igual que los peatones). De todas maneras, el espectáculo es único e intrépido desde cualquier ángulo donde se lo mire.

Un paseo por el Montmartre carioca

El barrio de Santa Teresa, también conocido como el Montmartre carioca,  se levanta sobre las empinadas laderas de un morro. Durante el siglo pasado, esta mini ciudad alejada de la gran urbe, supo gozar del prestigio y capital de varias familias adineradas que decidieron asentarse allí. Aunque se encuentra alejada de la playa, no perdió sus rasgos típicos y atractivos que convoca a la mayoría de los extranjeros que vacacionan en Río de Janeiro. Elegante como conservadora, Santa Teresa se caracteriza por su faceta cultural de privilegiar el arte al tiempo que resguarda sus tradicionales construcciones: las calles empedradas y en pendiente, la mayoría de las casas de estilo colonial, los altos palacetes ornamentados de extensos jardines que uno podría quedarse admirando durante horas.

Desde la terraza de un restaurante, mientras degustamos una exquisita feijoada, se oye el débil traqueteo del “Bondinho de Santa Teresa”, el único tranvía que recorre el cerro de un extremo al otro transportando a sus habitantes y acortando las distancias. Este pequeño tren de color amarillo que consta de un único vagón y circula por las principales arterias y avenidas, es uno de los símbolos más representativos del barrio ya que los vecinos lo salvaron de su desmantelamiento y de ser desplazado por los colectivos. No obstante, en el año 2011, la circulación del ferrocarril tuvo que ser interrumpida por un trágico accidente: el Bondinho descarriló y su resultado fueron 6 muertos y más de 50 heridos. Los constantes reclamos de los lugareños contribuyeron no sólo a la recuperación de la línea (más moderna y segura) sino también a que sea reconocida como parte del patrimonio cultural e histórico de Santa Teresa y de todo Río de Janeiro.

El bondinho

El Bondinho se detiene en la siguiente estación para recoger a una madre y sus dos niños y a una pareja de asiáticos que aguardaban sentados. Veinte segundos después, el maquinista jala la palanca y el transporte continúa su habitual trayecto.

Escadaria Selarón, un pasaje vivo y mutante

El porte bohemio y artístico que distingue al Montmartre carioca no deja afuera al Convento de Santa Teresa, otro de los puntos turísticos con mayor número de espectadores al que se accede subiendo los más de 200 peldaños que conforman la famosa Escalera de Selarón. Esta obra recibe el nombre de su creador, Jorge Selarón, un chileno que se instaló en Rio en 1983 y, tiempo después, sintió deseos de rendir homenaje a la ciudad que tan bien lo había acogido. De esta manera, puso en marcha un trabajo sin precedentes, revistiendo de azulejos la escalera que sube desde Lapa hasta el antiguo convento.

Al principio, los tres colores utilizados para pintar los escalones fueron el amarillo, el verde y el azul, propios de la bandera brasileña. De hecho, si nos detenemos al pie de la obra y la observamos con atención, podremos distinguir que son los tonos predominantes que nos acompañan durante todo el ascenso. Sin embargo, cuando el proyecto estaba casi concluido, el autor descubrió una tienda de azulejos que ofrecía una inmensa variedad de mosaicos provenientes de todo el mundo. Las nuevas ideas comenzaron a manifestarse con total espontaneidad y despertaron en Selarón la inspiración para seguir con su diseño sin puntos cardinales que esbozaba de tanto en tanto solo en su cabeza.

Escalera de Selarón

Los 215 escalones que nos llevan al Convento de Santa Teresa fueron bautizados por su artífice como una “obra viva y mutante”, ya que Selarón se dedicaba a cambiar permanentemente los azulejos rematando con distintos resultados a partir del hallazgo de las cerámicas internacionales. La parte desagradable de estas líneas es tener que admitir que todo tiene un desenlace. La mutación de baldosas siguió su curso y sólo se detuvo en enero de 2013, tras encontrar muerto a Jorge Selarón a los pies del “lienzo” al que destinó más de veinte años de su vida.

Fragmento de alguna vez…

La Escalera de Selarón invita a su ascenso desprendiendo música, creatividad y los matices más alegres de la tierra carioca. De pronto, la subida se nos vuelve familiar: es un ritmo vibrante y popular; a cada paso reconfortan sus tintes impetuosos. Quedamos sumergidos en el canto de diversos pueblos, en las aventuras y testimonios de quienes resultaron vencidos y vencedores… Y el tiempo se hace humo, nos sacude entre el pasado y el presente transportándonos peldaño a peldaño. De a ratos sin aliento, de a ratos con deseos de querer llegar a la cima y, por momentos, con ganas de detener las agujas del reloj entre un torbellino de tonalidades “vivas y mutantes” que se hace inevitable.

La favela que no fue

No es novedad que la delincuencia en Brasil, sobre todo en Río de Janeiro, crece año tras año a pasos agigantados. La pobreza no es una variable que se mida en porcentajes. No hay cifras que representen la diferencia entre las clases sociales. La pobreza no es un cuento que te creíste y a los diez minutos lo olvidaste. La pobreza es un patrón palpable. Aunque quieras desentenderte de esa realidad tan dura, la muy perversa se te planta cada dos por tres para no darte tregua. Entonces, la ves caminando, en cada esquina, en la entrada del Sheraton de Leblon durmiendo bajo cartones o bajo sábanas descocidas o lo que sea que haya podido encontrar. La ves en los ojos y en los pies descalzos de un nene que te pide una mísera moneda para engañar un poco al estómago y zafar ese día. La ves a la tarde, en la playa, buscado entre la basura las sobras, recogiendo de la arena las botellas y latas que puedan ser reciclables. La ves a la noche, cuando te das el lujo de salir a comer y se te acerca un cuerpo escuálido que de piel ya no tiene nada pero los huesos sobran, y te ofrece una estampita; el corazón se te estruja y estalla en el pecho (y en la cabeza) en mil pedazos, así que le regalas las dos porciones de pizza que ya no vas a comer, rogando para tus adentros que por favor quede algo más en la mesa para que se lo pueda llevar.

santa teresa 03Los contrastes entre la abundancia y la escasez no disimulan en Rio de Janeiro. Los contrastes se llevaron a marzo de 2100 el curso de maquillaje. La abundancia y la escasez forman parte de un mismo cuadro que se hace difícil apreciar cuando la diferencia es tan marcada. Y Santa Teresa no es la excepción. Es cierto que las calles y comercios pintorescos atraen a una gran cantidad de turistas pero la inseguridad se manifiesta de igual manera que en el resto de los barrios de Río. Santa Teresa se hizo conocida por las familias notables que emigraron allí, y construyeron sus chalets y mansiones buscando un clima más fresco y agradable en las alturas del morro durante el verano. Aquí, las viviendas sobrevienen en cascada, de una forma similar a como se apilan las precarias casas de las populares favelas.

En este punto quisiera detenerme porque muchas veces el desconocimiento provoca confusión y tiende a atemorizarnos. Todos oímos hablar de las favelas. Pero, ¿todos sabemos en qué consiste una favela en realidad? En Argentina es muy común oír que son asentamientos similares a las villas. En otras partes del mundo, las catalogan como los sectores marginales en los que vive la gente de menos recursos. Estos juicios no están errados aunque sí solemos prescindir de las preguntas básicas que nos terminan de redondear una idea: ¿cuándo se formaron?, ¿quiénes las establecieron?, ¿por qué y con qué finalidad? Los orígenes de las favelas son diversos porque se trata de un fenómeno social universal que tuvo mayor trascendencia en América Latina adoptando distintos nombres: villas miserias, chabolas, callampas, favelas. En lo que respecta a Río de Janeiro, los conglomerados de casas  tuvieron de precursores a los “quilombos”, asentamientos de esclavos prófugos que se reunían para compartir en comunidad la vida “libre“ que deseaban tras huir de sus patrones. Estas poblaciones comenzaron a agruparse a partir de 1865 y estaban formadas por aquellos que preferían la inestabilidad y la pobreza antes que vivir bajo el yugo de los grandes señores.

Dos décadas después llegó la esperada Ley Áurea, normativa que abolió la esclavitud en el país vecino pero, como todo proceso de cambio y de progreso, esta legislación también recolectó sus frutos. La mayoría de los esclavos, ahora libres, junto con un gran número de campesinos y pueblos originarios desterrados recobraron las esperanzas de una vida mejor en la figura de Antonio Conselheiro, un predicador místico que decidió fundar una nueva ciudad para acoger a todos sus seguidores. Así nació Canudos en el interior del estado de Bahía, una localidad instalada en un sector árido y de difícil acceso que al cumplir un año superaba las treinta mil personas. Los nuevos habitantes construyeron sus viviendas con los materiales que encontraban a mano en los alrededores de una zona llamada el Morro das Favelas, un morro en el que crecía de forma silvestre una variedad de mandioca, denominada precisamente favela.

favela 02La escasez de alimentos y recursos obligó a que los problemas llegaran mucho antes de lo pensado. Se desataron fuertes olas de violencia en Canudos, ya que sus pobladores salían a robar a las haciendas y grandes ciudades provisiones que resultaran suficientes para toda la gente del morro. La situación alarmó al gobierno central que resolvió detener los saqueos enviando a su ejército a la favela para que sometiera a los discípulos del monje. Desde que se desató la contienda, se sucedieron una serie de enfrentamientos en los que las tropas gubernamentales tuvieron que retirarse derrotadas. Hasta que tuvieron su oportunidad en el cuarto intento: un grupo de quince mil soldados motivados por la promesa de recibir, además del salario, una vivienda nueva, ingresó al territorio de Canudos y arrasó con él, llevándose consigo al predicador y promotor de aquella urbe sobre el cerro.

Transcurrido un tiempo, los soldados victoriosos se encontraban hambrientos, desesperados y ya sin ánimos de cobrar todos los meses adeudados y la casa garantizada por el gobierno. De esta manera, el inicio del siglo XX se tropieza con un Brasil en pleno movimiento poblacional: una procesión de familias oriundas del noreste del país se dirigió hacia Río de Janeiro. De repente, la ciudad se vio invadida por una multitud de indigentes a los que las autoridades les prohibieron el ingreso. Los migrantes internos no tuvieron más opción que repetir lo que habían visto en Canudos: construyeron sus frágiles hogares sobre los cerros que abrazan la capital y bautizaron a ese conjunto de viviendas apiñadas y apiladas una sobre la otra con el mismo nombre que la conocieron: favela.

favela 03

***

Simone, nuestra guía turística, hablaba sin parar (y con mucho amor) sobre las comunidades asentadas en los morros. Sí, mencionó la palabra favela, pero casi de una manera imperceptible. El recorrido que hicimos esa mañana duró aproximadamente cinco horas y jamás tuvimos dudas. Más allá de su excelente español, se expresaba de manera clara, precisa y muy respetuosa cuando hacía alusión a todos los actores que formaron parte de esta historia. Ese día no llevaba lápiz y papel o mi clásico cuaderno, así que tuve que hacer varias anotaciones mentales de datos que ahora los pienso y me siguen sorprendiendo. Por ejemplo, en la actualidad Río cuenta con más de 800 comunidades (es decir, favelas, aunque prefiero utilizar los términos de Simone). Asimismo, nuestra locutora se hizo cargo de los rumores que ya todos sabemos pero necesitamos cerciorarlo: sí son peligrosas, sí hay violencia desmedida, sí es un riesgo en el presente entrar a visitar alguna de ellas, sí hay narcotráfico y, son los jefes de estas mafias los que controlan las distintas comunidades.

Hoy el turista no puede visitarlas. Hay severos conflictos entre las favelas y ya nadie se compromete a darle seguridad al extranjero. Mientras escribo, recuerdo que llegué a Río con varios objetivos. Uno de ellos consistía en conocer por mí misma una de estas comunidades, viajar a pie al centro de alguna de ellas, formar mi propia perspectiva, una ajena a toda la información colapsada en mi cabeza, producto de las sugerencias y advertencias de mi familia, mis amigos y conocidos. No me pude dar ese lujo porque ni siquiera tuve que llegar a una favela para darme cuenta la situación que está atravesando en estos momentos la ciudad. No esperaba llevarme sabores amargos de la tierra de la alegría pero, sin quererlo, coleccioné un puñado que dejé asentado en las líneas anteriores y en mis ganas de darles un buen portazo a todos los sermones y preconceptos que iban conmigo al momento de aterrizar en suelo brasileño.

Entonces, absorbí todo lo que sí pude ver y conocer. Compuse una historia diferente en mi mollera un poco saturada. Y lo descubrí, siempre estuvo delante de mí. La escenografía se lucía, desfilaba sigilosa con sus mejores pilchas y tardé bastante en valorarla. Música en cada rincón, un mundo de gente, calles estalladas de colores, acuarelas siguiéndome los pasos, escaleras infinitas con su última parada en el cielo, un ferrocarril adueñándose cada tanto del espectáculo, un timbal bahiano y un portuñol a la distancia, olores exquisitos y desconocidos que el estómago empezó a reclamar, mansiones de otros siglos ascendiendo por el cerro y altos faroles acompañando las calles adoquinadas. Todo danzando, todo en constante movimiento. Mis sentidos se adormecieron y me sumergí en ese cuadro, en esa ciudad bohemia y aburguesada que se acercaba a las nubes. La riqueza cultural brotaba de cada esquina. Casi como lo había imaginado. “Casi” porque Santa Teresa se convirtió para mí en “la favela que no llegó a ser”.

 

Fuente:  https://fernandolizamamurphy.com/2015/10/10/origen-de-las-favelas/

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