La alegoría del origen

Tomar impulso; saltar sin certezas; caer lentamente al vacío; sumergir el cuerpo, la voz de la cabeza tan difícil de apagar, las ideas inseguras que no terminan de aflorar; enfrentar la oscuridad cada vez más aturdidora; esperar el impacto que, según la ocasión, se da mañas para aletargar la bienvenida; tocar fondo; vencer en un descuido a la testarudez que nos impide abrir los ojos.

De repente, las imágenes y las sensaciones se empiezan a aclarar; y nos empapamos de lo desconocido, de lo insólito y moderno, de los aciertos y, sobre todo, de los desperfectos, los aprehendemos, los aceptamos… En esa delicada encrucijada entre entregarnos a la profundidad o volver a emerger, las piernas pesan toneladas, pero ya no queda tiempo para estudiar las posibilidades.

En la siguiente escena, sentimos el leve estímulo del agua, nos zarandea, incita con su fuerza a volver. Entonces, iniciamos el ascenso porque no queda más remedio, porque no tenemos otra opción que elevarnos nuevamente con lo poco que nos quede de aliento; escépticos del resultado, alcanzamos la superficie, el golpe necesario de ese hálito de aire; respiramos; no olvidamos pero sí dejamos atrás la grieta de la que escapamos. Y la rueda no se detiene, sigue girando mientras avanzamos y nos percatamos de un nuevo comienzo.

Como todo, como la vida. Todo vuelve y todo empieza, una vez más.

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