Abrazar la distancia

Esta tarde se respira un aire diferente. Son evidentes los síntomas de una primavera prematura. No hay vestigios de bufandas, ni chalinas; las modernas ruanas quedaron colgadas en el perchero de casa y, ni por asomo, desfila algún transeúnte encapuchado. Pienso, mientras dejo atrás la estación Las Heras, que esta debe ser nuestra época favorita del año. Los colores vivos reemplazan a los opacos grises que caracterizan al frío, las flores renacen de sus cenizas, los pájaros no dejan de parlotear y la gente vuelve a colmar las plazas.

Avanzo por Larrea. El murmullo es persistente. Predominan las risas y los gritos entusiastas de los niños que no dejan de correr del tobogán a la hamacaa.

–  ¡Mamá, mirame!

–  ¡Papá, ayudame!

–  ¡Mamá empujame bien fuerte que quiero volar!

Me despojo de los auriculares y renuncio a ese tema del Indio Solari que venía escuchando. Me quiero dejar atrapar por la escenografía que se extiende bajo un sol cálido. Algún recuerdo me agarra desprevenida. Evoco una década pasada, cuando el barrio era nuestro lugar en el mundo y los vecinos alguien más de la familia. Al segundo siguiente, vuelvo al presente. Me percato que a mi izquierda, un dálmata adulto me observa sentado sobre sus piernas traseras. Me acerco para acariciarlo, pero mis intentos son en vano porque un caniche negrito corre desde el cantero más próximo dispuesto a desafiarlo. Me despido agitando una mano de los dos nuevos amigos al tiempo que aparece un bóxer luciendo muy orgulloso su correa azul francia.

Un poco más animada, retomo la música que me venía interpelando allá abajo, en el subterráneo, donde paralelamente se sucede una vida a ojos de nadie. Me resta una cuadra para llegar a mi destino. Los edificios reaparecen para limitar mi perspectiva del cielo. Y en la esquina de Peña y Larrea una postal que, hoy admito, me había acostumbrado a ignorar. En ocasiones lo hacemos por inercia, no porque realmente no nos importe. Pero, a diferencia de tantas otras veces que agaché la mirada y seguí, esa imagen me volvió importar.

Un colchón sobre el asfalto, mamá, papá y dos nenas que no superaban los tres años, descuidadas, jugando con un autito descolorido y roto, y descalzas. De repente, ese calorcito casi veraniego que me recorría la nuca languideció en brisa fresca. En realidad, yo lo sentí como un baldazo de agua helada. Con qué rapidez se puede escurrir la alegría. Entonces, levanté la vista, nos miramos a los ojos y me dieron unas ganas de gritar bien fuerte como los nenes de la plaza. Sacar afuera tanta rabia, tanta injusticia visibilizada. Recorrí esos 100 metros que me quedaban puteando y preguntándome por qué.

En mi cabeza se inició una de las típicas conversaciones conmigo misma que no llegan a ninguna conclusión pero que necesito debatir en el instante que se desatan. Ahora. Ya. Esa brecha que desde tiempos inmemoriales intentamos acortar parece que cada día se dilata más. ¿Cómo hacemos para dormir tranquilos por las noches cuando sabemos que hay un pibe en la calle? ¿Cómo tenemos la insolencia de quejarnos del frío cuando salimos por un ratito al exterior a hacer algún trámite o mandado cuando hay gente que no tiene más opciones que bancarse la que toque?

Escuché hasta el hartazgo que nuestros granitos de arena hacen la diferencia. Pero, ¿qué pasa cuando ya no es suficiente? ¿Colaboramos para hacer más amena la vida de los necesitados o para que nuestra conciencia se sienta un poco mejor? ¿Comprendemos la magnitud de la desigualdad o nos indignamos simplemente porque es gratis? El saber popular reza que la pobreza es un mal necesario, entonces, ¿nos dedicamos a naturalizarla? Crecí pensando que nuestros representantes asumían el mando para solucionar las falencias de su pueblo, que vivíamos bajo un sistema democrático para poder elegir a los más idóneos en esta tarea. Suponía que se iban a desvivir para que sus habitantes gozaran dignamente de todos sus derechos y ejercieran sus obligaciones.

Y resulta que advierto la desidia total en uno de los barrios más ostentosos de la Capital Federal. El contraste se vuelve ensordecedor. Esa estructura que rige a los argentinos se cae a pedazos por donde la mires. Las distintas organizaciones que imperan en el mundo fallaron cuando un ser humano no es capaz de sentir empatía por la persona que tiene al lado: sucia, anémica, descalza. Yo quería arrancarme el calzado que llevaba puesto; arropar a esas nenas aunque la temperatura insinuara lo contrario. Todavía me pesa mi decisión de desviar la mirada y seguir caminando ajena a esa familia que me suplicó en silencio.

Busqué a tientas la forma de dar rienda suelta a la cólera que se trepaba por mis entrañas.

Intenté negociar con ese maldito vicio que nos inmuniza la sensibilidad.

Deseé abrazar la distancia y volvernos uno; encender un fuego que arda intensamente en nuestro interior, que incendie todos los prejuicios,  que queme sin condescendencia las miserias, que ilumine el porvenir, que nos fusione en la perpetuidad.

Apelé a la ilusión de no perder la capacidad de conmovernos, de volvernos cada día un poco más humanos…

*

La puerta del ascensor se cerró y mis caprichos utópicos se quedaron varados allí, en el limbo de mi mente, con el cuerpo en aquel cubículo que ascendía al piso quinto y con el alma fragmentada por las calles de la gran ciudad.

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