Cable a tierra

A menos que esté leyendo, siempre tengo música de fondo.

En el laburo es la radio o las mismas 5 o 6 playlists armadas para la ocasión; cuando escribo, suelo poner un popurrí de mis bandas internacionales preferidas para no desconcentrarme; para los quehaceres de la casa es rock bien al palo que me mantiene entretenida; los fines de semana previamos con cumbia y reguetón; mi plan perfecto de viernes es asistir a un concierto…

Sin embargo, mi momento de mayor conexión con la música es cuando estoy fuera de casa. Porque ello me obliga a ponerme los auriculares y desentenderme (por decirlo de alguna manera) de la realidad que me rodea. El resto de mis sentidos se ponen en modo alerta porque mi audición se vuelve por un rato unidireccional.

Sólo me toma unos segundos sumarme a esa frecuencia todopoderosa que se adueña de mi espíritu. Abandono al cuerpo, lo dejo fluir con la corriente que arrastra sin querer (queriendo) el estrés cerebral de obligar a nuestra bocha a maquinar sin tropiezos. Malestares, ansiedad, inquietudes, angustia, todo se disipa mientras alguna melodía suena en la cabeza.

Las dos horas arriba del transporte público quedan reducidas a tiempo bien invertido. Porque me sereno, porque llega la relajación, porque la música suele ser esa psicóloga que nunca visité y me dice lo que necesito oír. En verdad, hace las veces de espacio donde me permito aflorar aquellos sentimientos que reprimo porque la mayoría de las veces no encuentro el momento apropiado para reflexionarlos.

Cuando me calzo los auriculares siempre recuerdo la cara y las palabras de mi mejor amigo: “odio verte llegar con eso puesto”. Y sonrío para mis adentros de su habitual ocurrencia, y cada vez que voy a su encuentro cuelgan de mi cuello aquellos receptores blancos, calmantes de mi alboroto emocional de ocasión, que llegaron con algún celular. Sé de antemano qué me va a decir y aun así lo espero porque dejaríamos de ser nosotros.

Quienes me conocen, pueden testificar que mi capricho de andar con la música vibrando en la mollera nada tiene que ver con una actitud antisocial. Creo que después de mucho tiempo, llegué a la conclusión de que la música, además de ser una gran compañera, es eso que todos tenemos pero que muy pocos somos capaces de identificar como tal. Ella es mi cable a tierra, un cable que se conecta a mí y me expulsa más allá de la estratósfera manteniendo los pies en el suelo.

Me desliza por un tobogán plurianímico que, entre pausa y pausa, me regala etéreas bocanadas de aire. Acepto ese juego pluscuamperfecto porque las reglas las establezco yo. Avanzo, retrocedo, ¡STOP! Subo el volumen, esa canción se merece pasitos coreografiados mientras me escabullo de ciertas baldosas. ¿Quién es capaz de negarme el zarandeo de cabeza cuando escuchas los acordes de ese tema que pones en tu habitación al palo?

En ocasiones, llegar a destino es perderse cinco minutos más de éxtasis irrefrenable. “Un semáforo más”, “una parada más”, “hasta que termine el estribillo”. Apago el reproductor, vuelvo a sumergirme en el tráfico ensordecedor, en la gente gritándose violentamente por ahorrarse dos segundos más y cruzar la calle cuando no debe; regresa la mochila con toda su carga, la que logré silenciar por un rato al son de alguna balada. Percibo que el mundo sigue girando y las personas corren de aquí para allá. Nada se altera a pesar de mi desconexión.

Nose si lo mencioné antes, pero acabo de descubrir que la música es uno de mis cables más importantes a tierra.

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