De realismo mágico y utopías: anoche tuve un sueño

Anoche soñé.

Dicen, en realidad, que todas las noches soñamos. Pero este sueño fue distinto. Todavía me persiguen algunas de sus escenas. Ni el desayuno pudo activar la amnesia onírica que me seduce después del primer café matutino.

Lo curioso de mi sueño es que aún no lo compartí con nadie. En estos momentos, me lo estoy relatando a mí misma para que no se escapen los detalles.

Nose cuánto habrá durado pero su desenlace coincidió con mi alarma.

A las 7 am de este día, no entendía qué hacía en la cama con pijama, si tenía que ir a trabajar o podía dormir un poco más. Dos minutos después, me percaté de la situación y enseguida llegó la depresión (lamentos, puteadas y berrinches).

No creo en los vaticinios pero sí en los deseos desesperados del corazón.

Parecía tan real… Siempre que exigimos más del sueño, que queremos saber qué sucede luego, porque todo transcurre a la perfección, nos despertamos.

Fue realmente bueno. Abrí los ojos sintiéndome feliz. En ese trance que nos sumerge a nuestro interior, experimenté algo muy parecido a la libertad. La verdadera. La que describen como el estado en que el ser humano no está sujeto a nada, avanza liviano, sin tener que responder a la coacción o la subordinación, procedemos sin miedo, sin si quiera tener que dar explicaciones a ningún otro. Esa que es movida por nuestro antojo, por nuestro parecer, por nuestras convicciones.

Parecía tan real… Había ido a visitar a mi amiga Cintia. Tomamos unas birras, comimos unas pizzas a la parrilla de napolitana y caprese y, cuando nuestro estómago dijo basta, decidí volver a casa.

No era tan tarde: 1 am señalaba mi celular. Las noches de verano suelen ser tentadoras, te invitan a casi todo porque el aire no estaba sofocado por ese calor agobiante. Corría una leve brisa y mi cara quería empaparse de esa sensación fresca mientras acompañaba a mi cuerpo en su proceso de digestión.

Normalmente, mis impulsos no tienen chances contra la razón, sin embargo, en esta oportunidad y porque seguramente se trataba de un sueño, me dejé llevar por ellos. Volví caminando. Sola. A la una de la madrugada.

Derecho, por la Avenida Brandsen, mi casa me esperaba dos kilómetros más adelante. ¿Cómo explicarles? Quizás, en este punto comienza lo fantasioso del sueño (que de fantasioso para mí no tiene nada o no tendría que tenerlo). A todo esto, debo aclarar que retomé Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. De hecho, lo leo antes de irme a dormir. Tal vez un poco de su realismo mágico se infiltró en mi inconsciente.

Bueno, como venía diciendo, caminaba tranquila por aquella calle, con pasos lentos pero sin pausa. Observaba las casas y los negocios cerrados por primera vez, con detenimiento. Podía escuchar todo: mi andar, los grillos, voces lejanas que se perdían entre las cuatro paredes de sus hogares, los perros ladrando, el motor de los autos… Parecía como si mis sentidos se hubieran intensificado. La noche, para nada solitaria, devenida en un quilombo orquestal, me abrazaba acogedora.

Mis temores crecen un poco más en la oscuridad. En mi sueño, no tenía miedo. Nada me preocupaba. Yo caminaba con la certeza de que llegaría sana y salva a casa. Ese típico mensajito de WhatsApp que escribimos todas al salir de un lugar para ir a otro (“estoy en camino”, “estoy llegando”, “acabo de salir” o el más famoso de todos, “llegué bien”) ni se me cruzó por la mente.

Cinco cuadras después, noté que no era la única mujer caminando sola por las calles del barrio. De hecho, la mayoría de los deambulantes insomnes eran mujeres que se movían radiantes y descontracturadas: grupitos de amigas riendo a carcajadas, derrochando su juventud a cántaros, exhibiendo tan bien esas cabelleras coloridas y las minifaldas que tanto nos gusta calzarnos cuando las noches calurosas asoman sus narices en noviembre; varias duplas de abuelas tomadas del brazo que aprovechaban la brisa para salir a estirar un rato las piernas; una mamá y sus dos hijas paseaban a un cocker negro cantando al unísono y alegres un hit súper pegadizo de los noventa; y, también, otras tantas solitarias como yo…

Aunque… a esta altura del sueño, sería una canallada hablar de soledad. Realmente no estaba sola, ninguna de nosotras lo estaba. Nos acompañábamos en silencio, con breves miradas, sabiéndonos infinitas en aquella impostora oscuridad.

Los autos circulaban en ambas direcciones y seguían su recorrido. Ni los conductores ni sus acompañantes bajaron las ventanas del coche. Ninguno aminoró la marcha ni se detuvo. Nadie intentó hacerse notar con un silbido o con una grosería, nadie intentó intimidarnos. ¿Éramos invisibles o esa noche habían decidido ignorarnos? Que no se mal interpreten mis palabras, mejor sentir que pasamos desapercibidas. Lo lógico sería no tener que fumarnos los comentarios de ningún hombre. Pero, a decir verdad, el comportamiento de todos era muy extraño.

Entonces, como si el universo quisiera responderme a las preguntas que se amontonaban en mi cabeza, la mamá y sus dos hijas que paseaban al cocker saludaron a un vecino que estaba regando las plantas. No, no éramos invisibles. Éramos por primera vez en la historia de la humanidad respetadas, tratadas como un igual.

Ningún hombre se atrevía a tocarnos sin nuestro consentimiento. No estaba en los parámetros de nadie denigrarnos ni someternos. Concretamente, no estaba estipulado ni en el Código Penal, ni en la Constitución. Ninguna ley hablaba de ello. Porque era algo que se daba por sentado. Era algo que todos conocíamos como una obviedad. Una mera sensatez. Las mujeres no tenían que estar explicando ni por micrófono, ni con un pañuelo verde en el cuello, ni cortando la 9 de Julio, ni convocándose en el Congreso que nos correspondían los mismos derechos que a todos ellos.

En dos parpadeos me encontré abriendo la puerta de mi casa. Fue entonces que la realidad paralela, la que no pertenecía al sueño, empezó a golpear la burbuja que protegía mi quimera.

La alarma sonaba.

Abrí los ojos.

– ¡MIERDA! -, solté.

Al principio, me deprimí. Debe ser por eso que la mayoría de los sueños no los recuerdo. Alguna parte de mí intenta reprimirlos, que no alcancen mi memoria. Pero este…

Parecía tan real…

Volví a cerrar los ojos. Intenté recuperar el sueño pensando en esto y aquello; en frases leídas allá lejos y hace tiempo; en Galeano y su teoría del temor del hombre a la mujer sin miedo; a sus especulaciones respecto a las utopías esperándonos en el horizonte, obligándonos a caminar. Porque, como decía el uruguayo, no sirven más que para eso, para caminar y avanzar.

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