La fragilidad de las palabras

¿Se dieron cuenta la liviandad con la que soltamos las palabras?
Basta con que una sola de ellas se contradiga para entrar en zona de derrumbe.

La permanente construcción de sentido es una circunstancia que me aterra. Últimamente, esquivo las promesas. Prefiero deslizarme por aquellas superficies que me permiten optar por la improvisación. Que conste que no es por una cuestión de infidelidad. Todo lo contrario: no tengo ganas de fallarme ni de fallarle a nadie más.

¿Por qué este ataque de anarquismo contra las instituciones de la sintaxis? Resultó que un buen día, cedí a mis infinitos “peros” y me entregué a ciegas ignorando la letra chica del contrato. Me había cansado de controlarlo todo, de preocuparme de las condicionales y sus subordinadas, de los sujetos y predicados, de advertir la presencia o no del verbo. En resumidas cuentas, de buscarle la quinta pata al gato. Entonces, creí.

La prosa guardaba un equilibrio gramatical perfecto. Todo era armonioso. Línea tras línea se profundizaba un determinado tema sin perder la coherencia del hilo conductor. Los párrafos tenían ritmo, color y despertaban la curiosidad de aquellos lectores más remolones. Avalé cada proposición porque me sentía comprometida, porque me sentía en condiciones de justificar esas palabras y cumplirlas.

Sin embargo, la credulidad sin garantías suele ser una jugada bastante peligrosa. Sigo sin entender en qué momento el texto se descarriló. Repasé una y otra vez los punto y aparte, registré en un cuaderno los punto y coma porque son mis signos de puntuación preferidos y, por lo tanto, el recurso que más utilizo. Ahora estoy enumerando los puntos seguidos y los suspensivos. Estoy segura que hay detalles que se me escaparon.

El esqueleto de lo que podría haber sido una obra maravillosa se distorsionó. Las palabras perdieron valor porque dejaron de responder a su significado. Me encuentro sumergida en un silencio ensordecedor. No hace falta volver a leer las frases para recordarlas. Están grabadas en mi cabeza como si las hubiera leído ayer pero se empecinan en desobedecer. Están todas desordenadas, se alejan de mí, ya no me pertenecen.

De un tiempo a esta parte, estoy anclada en un mar de desconcierto y reproches. El disgusto es conmigo que bajé la guardia con demasiada facilidad. No fue una distracción, simplemente no quise ser precavida. Me tentaron a fluir con la lírica que me regalaban. Me dejé llevar porque, después de las palabras, creo que no hay nada más lindo que confiar.

Sé que suena injusto adjudicarle deslealtad a las palabras. Admito que antes de pronunciar alguna expresión la pienso y la repienso porque no quiero cometer faltas contra su integridad. Casi siempre deposito en el lugar equivocado mis frustraciones y enojos. Es que soy muy exigente cuando escribo y, ahora, cuando hablo. No quiero faltarle el respeto a mi interlocutor. Prefiero el sincericidio, prefiero escupir certezas que duelen antes de traicionar a las palabras.

Sucede que no volvió mi espíritu controlador y dudo que alguna vez vuelva, pero mi confianza está convulsionada, sale disparada cuando le ofrecen un poco de calma. Aún me cuesta percibir la fugacidad con la que se extinguió el texto. Aquello que perfilaba como el best seller de mi vida quedó reducido a un montón de argumentos precipitados e hipócritas. Duele. Y, seguramente, duela algún tiempo más, hasta que me acostumbre, hasta que sea capaz de tolerar la delicadeza de aquello que más nos importa, la fragilidad de las palabras.

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