Puto eclipse

No entiendo nada de astrología. Mucho menos de los Signos del Zodíaco y todo lo que ello implica.

Sólo sé una cosa: por mi fecha de nacimiento me tocó ser de Sagitario y el elemento que lo gobierna es el fuego.

Por favor, no me pregunten de ascendentes, descendentes o planetas porque no tengo ni idea cuál me rige.

Sin embargo, hace un par de semanas cargo con una seguridad; arrastro una creencia que me encargué de trasmitírsela a cada persona con la que hablé porque necesito encontrarle una explicación lógica o, al menos, disparatada a los sucesos que acontecieron después.

El martes 2 de julio tuvo lugar el maldito eclipse solar tan esperado y por el que, la mayoría de los fanáticos del sol y la luna, viajaron a San Luis para apreciarlo. Ese día fui protagonista de varias escenas insólitas que no puedo contar porque con este texto ya me estoy cavando mi propia fosa reputacional (no, no existe esa palabra. Teléfono para la Real Academia Española porque me encantó).

Bueno, como decía, ese martes me levanté y fui a laburar como siempre. No obstante, a lo largo y ancho de esas eternas horas que pasaron como el conejo blanco del cuento de Alicia, se dieron una serie de encuentros y reencuentros que tendría presentes tiempo después al mirar el cielo para no perderme el espectáculo del puto eclipse del que todxs hablaban pero que, al final, nadie vio porque la nubosidad extrema que invadió la tarde había decidido arruinarnos la “fiesta”.

Mucho ruido y pocas nueces, pensé inmóvil en el balcón con el aire sopapeándome la cara, retorcida del frío y con los dedos congelados listos y puestos sobre la cámara del celular (sí, la pobre ilusa pretendía captar el mejor perfil del supuesto fenómeno).  De más está aclarar que el cielo se llevó todas mis puteadas.

No vi el eclipse. Sólo percibí nubes negras, oscuridad, más oscuridad y, a lo lejos (bien lejos) algunos rayos de sol que desaparecieron durante diez minutos y volvieron a iluminar tenuemente el techo de mi vecino que vive en frente.

*Decían que el eclipse nos haría bajar de peso (mi cuerpo permaneció todos estos días inalterable. Ni un gramo de menos. Tal vez, muchos gramos de más porque el fin de semana del Día del Amigo me la di en la pera con la comida).

*Decían que el eclipse traería variaciones en el sueño (¿MÁS? En serio, ¿más insomnio del que ya sufro? Lo cierto es que durante el día me duermo parada y a la noche sigo acumulando horas de contemplación hacia el techo de mi cuarto).

*Decían que el eclipse afectaría directamente nuestras emociones, sentimientos y deseos (¡BINGO! Al fin una copada eclipse. Porque mayo y junio son dos meses que tengo archivaditos en un cajón para el olvido. Sobreviví a los tumbos. En realidad, ya ni recuerdo cómo salí del pozo pero cuando estás tocando el fondo no queda más remedio que empezar a subir. Esta parte del eclipse me caía bien).

Lo más probable es que mi cabeza me haya jugado una buena pasada. Pos eclipse, arrancó una lluvia de corazones verdes y naranjas; pos eclipse la Vie en rose; pos eclipse se adelantó la primavera tres meses y dejaron de importarme las temperaturas que rozaban los 0°; pos eclipse mi mal humor y yo (¡por suerte!) nos divorciamos; pos eclipse tuve que hacerme responsable de una intensidad inmanejable (que me gustaba); pos eclipse era todo risas.

Hasta que…

Todo ser humano, cada ser vivo en la Tierra pende de uno (o varios) hilos. Según nuestras decisiones, esos hilos nos conducirán equilibradamente por un camino despejado o hacia el barranco. ¿Qué sucedió? Mi balanza estaba, más allá de desquiciada, totalmente desequilibrada y sin poder decidirlo, el universo sentenció que ya era hora de acercarme al barranco, para no perder la costumbre.

Era todo risas hasta que… me recordaron (porque ya lo sabía, sólo que intenté bloquearlo) que el invierno de 2019 se quería lucir con otro puto eclipse más, sólo que esta vez, lunar.

¿Acaso este nuevo fenómeno astrológico traería más cambios? Porque mi psiquis y yo estábamos en perfecta armonía. No necesitábamos más eclipses, gracias.

Aunque despotriqué contra los mil demonios, mis deseos no fueron órdenes y, parece, el eclipse lunar parcial tuvo lugar. Digo “parece” porque éste tampoco lo vi. Si bien la mayoría de los porteños cree que Ituzaingó es el mismísimo campo, resulta que está más cosmopolita que nunca. Mi casa está rodeada de fábricas y los edificios amenazan con futuras y prometedoras construcciones que nos terminarán de tapar lo poco que nos queda de cielo.

No. No vi nada. Pero salí a pedirle a la luna que sea chévere por un tiempo más. No es mi intención monopolizar todas las buenas vibras. Sí considero que todavía las necesito de mi lado, hasta que pueda volver a florecer a la par de septiembre.

¿La moraleja de esta historia? Perdón si llegaron hasta acá pensando que habría una. La realidad es que sigo al borde del barranco. En estos momentos, escribo desde mi cama en reposo, acompañada de té con limón, una tableta de ibuprofeno y una montaña de pañuelitos mocosos. Una hermosura de escenario. La única certeza que puedo firmar es que ya no me caen bien los eclipses. Queridas estrellas, permanezcan en sus lugares, dejen de hacerse sombra porque cuesta mucho levantarse del bajón para que venga un puto eclipse a huracanear la calma.

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