Desde hace un sueño, la despedida

Una vez soñé que, con mis amigas, liberábamos a un pueblo africano. No recuerdo con exactitud si se trataba de una colonia que lograba su independencia o estábamos tratando con un pueblo originario. Las conversaciones claramente se me borraron. Sin embargo, hay una escena que me persigue hasta el día de hoy: para festejar la supuesta emancipación realizamos una danza comunitaria todos juntos en una gran ronda y esas sonrisas de dientes blancos no podían más de la alegría.

Antes de que empiecen a hacer suposiciones acertadas o descabelladas sobre mi psiquis, debo aclarar que, en primer lugar, no, no estoy bien. En segundo lugar, jamás recuerdo lo que sueño. Hay pequeñas grandes excepciones. Nunca lo hablé con nadie pero sospecho que aquellas imágenes que logran colarse en mi memoria para atascarse hasta vaya a saber cuándo tienen que ver con la intensidad del sueño.

Por ejemplo, todavía recuerdo una pesadilla que tuve a la edad de cinco años, una pesadilla de esas horribles que, al despertarte, parece que el corazón se te va a salir por la boca, una pesadilla de esas que parecen tan reales que tardas varios segundos en ubicar el tiempo y el lugar, de esas pesadillas que te trauman a tal punto que no querés volver a dormir sola nunca más. Igual, repito que era una niña. Pero si me pedís que te cuente lo que vi te lo puedo detallar con lujos de detalles.

El sueño de la comunidad africana fue muy bueno y siempre surge en alguna que otra anécdota pero, en realidad, quería hablar sobre otro sueño. Uno que tuve esta semana.

Abrí los ojos. Estaba paralizada. No se asusten. No fue como la pesadilla horripilante de mi niñez. Mientras caía en la cuenta que no estaba allí, sino aquí o, mejor dicho, en mi cama, y repasaba una a una las imágenes que se reprodujeron en mi bocha inconsciente, no pude parpadear.

Seguramente a todos les habrá pasado tener ese tipo de sueños que tranquilamente podrían suceder en la vida real porque no tiene nada de fantasioso; esos sueños que tienen un escenario real, conversaciones reales, situaciones reales y personajes reales, es decir, personas que conocemos y que forman parte de nuestra vida diaria.

Abrí los ojos paralizada. Después de desconectar mi cabeza del mundo onírico tras representarme una escena desoladora y tan similar a alguna vivida en este plano, desperté. Estaban todos, todos ellos mirándome apesadumbrados, con la angustia intentando escapar de sus ojos, sin saber qué decirme.

Parecerá absurdo y, por eso, solo en los sueños puede tener sentido pero yo los notaba al tiempo que preocupados, muy contentos de verme o, quizás eso era lo que deseaba desesperadamente. Y a mi, me desbordaba la alegría por los poros de tener la oportunidad de verlos una vez más. La última. Ellos lo sabían. Y yo también. Me miraban, me suplicaban que me quedara un ratito más ahí, en ese living que tantas veces nos acogió compartiendo una pizza o unas empanadas, un café o un vinito, una peli o una serie.

En el sueño, no pasaba de mano en mano ese mate amargo que me enseñaron a querer. Sólo se cruzaban las miradas cabizbajas, los reproches disfrazados de silencio, las frustraciones camufladas en los brazos cruzados. Y la pibita, la más joven, la que conocí siendo un huracán de transparencia, a la que no le importaba mostrar cuando algo le gustaba mucho, cuando otra cosa la hacía muy feliz, sus caras largas cuando estaba enojada, o sus puteadas sin putear para mandar a freír churros a todos. En el sueño, ella me destrozaba las fuerzas y el corazón segundo tras segundo. Me abrazaba fuerte, me lloraba. Ellos sabían que era la última vez. Y yo también.

No. No fue una pesadilla. Tampoco sé si estoy en condiciones de categorizar este sueño. Si me preguntan, podría decir que fue una despedida. La despedida que me privaron o de la que me privé. La despedida que no tuve la oportunidad de tener en este plano. Pero los que me conocen ya saben que odio las despedidas, nunca son felices, todas apestan. Despedir a alguien implica resignar su presencia en nuestras vidas por un corto o largo tiempo, o algunas veces, para siempre.

Despedir a alguien que queremos aunque sea por un motivo necesario que a la larga nos dará resultados positivos, no puede traernos felicidad inmediata por mucho que le supliquemos a los dioses del destino, del porvenir o a quien quieras rezarle. Duele. Siempre duele. Y ahora, que veo la puerta cerrada, ahora que puedo asegurar que no volveré a sentarme en ese living, ni recibir esos abrazos, quiero creer que fue la forma que mi cabeza encontró para seguir adelante; tengo, finalmente, la certeza de la despedida.

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