La primera vez que vi a Charly

Mi celular marcaba las 20.51 o las 20.52 cuando las luces se apagaron. Recuerdo que miraba fijo la pantalla de mi celular porque estaba respondiendo un mensaje. Creo que era mi hermana porque fue la única persona a la que le avisé “ARRANCÓ”. La ansiedad en mí es habitual pero, en ocasiones como esta, me resultaba muy difícil poder controlarla. Llevaba 20 minutos de atraso de acuerdo a lo que indicaba la entrada y una demora de tal calibre puede ser letal para mi pequeño bombeador de sangre.

Además, estaba sola. Es decir, me acerqué a las inmediaciones del Luna Park con mis amigos Federico y Marilina y metimos brindis por formar parte de esa noche. A decir verdad, me sentía una privilegiada por conseguir un lugar con la odisea imposible que implica ingresar al sistema online e intentar comprar un ticket. Cuando llegó el momento de ingresar, cada cual se dirigió al sector en el que se encontraba ubicado. Entonces, ocupé mi asiento sola. No tenía a quién exasperar con mi emoción ni con mi sonrisa de oreja a oreja; no contaba con alguien que detuviera el movimiento compulsivo de mis piernas; alguna persona para abrazar cada dos segundos por lo que significaba estar sentada frente al escenario que muy pronto lo recibiría.

El tiempo transcurría lento con lo veloz que suele ser cuando se lo propone. A mi me estaba por dar un ataque de no se qué. El estadio estaba lleno. Todos habíamos llegado puntual a la cita. Solo faltaba que se abrieran los telones y aparecieran él, sus teclados y su voz.

Mi celular marcaba las 20.51 o las 20.52 cuando las luces se apagaron. Y todo lo que sucedió después lo viví en un fugaz parpadeo. De pronto, el recinto vibró en su totalidad. Los gritos de entusiasmo que marcaban el inicio del show fueron unánimes. Mientras los telones develaban lentamente aquello que habíamos ido a ver, los primeros acordes jugaban a las escondidas con nuestra memoria auditiva que, entre la emoción y los aplausos, no se dejaban descifrar.

No quiero decepcionarlos pero debo confesar que no me salió la voz para agitar la primera canción (como la mayoría debe haber imaginado). Mis cuerdas vocales quedaron en shock o, quizás era yo, que estaba al borde del infarto. Permanecí varios minutos paralizada con la vista fija en ese músico que saludada con una mano sentado junto al instrumento que lo acompañaría toda la noche.

“Pero es que ya me harté de esta libertad,
ya no quiero más padres
que acaricien mi espalda.
Soy un hombre que quiere andar
sin pedir permiso para ir a llorar”.
(Instituciones – Sui Generis).

Recién pude reaccionar en el estribillo de Instituciones, la canción que fue elegida para arrancar un setlist que difícilmente me olvide. Sucedió que me percaté de una voz familiar pero distinta de la de Charly García. Entonces, lo vi. Estaba tal cual lo recordaba, parado en el centro del escenario monopolizando un soberbio juego de luces y todas las miradas. Guitarra en mano y sonriendo, entonaba uno de los himnos que plasmó en su juventud y que tantas veces fue el refugio y compañía de quienes, por aquellos tiempos, se animaban a inmiscuirse en ese extraño mundo que crecía y se hacía indomable: el rock argento.

Imaginen el poder que tiene la música que de un sacudón me teletransportó a principios de los ´70 y comenzó a rodar ante mi una película que conocía pero que no había tenido la oportunidad de ver. ¿Vieron como la historia de Marty McFly que viaja del presente al pasado y al tiempo que se le cante? Bueno, me vi sumergida en esa famosa postal en blanco y negro en la que reconocemos a dos adolescentes Carlos Alberto que la casualidad de la vida no solo los llamó de la misma forma sino que los unió en un dueto majestuoso que forjaría las primeras huellas de nuestro rock. Allí, sentados en un pasillo sin salida, recostados sobre la pared resquebrajada y con ansias de pintura, dos muchachos de cabellos largos hasta los hombros, iniciaban su carrera musical y esta noche, brillando como desde que se conocieron, se negaban a darle tregua a sus canas, las arrugas sopesando la piel, los achaques impostergables de quien trepa los últimos escalones de sus sesenta años.

Sui Generis VIDA 002
Nitro Mestre y Charly García – Tapa del disco Vida – Sui Generis

El show estaba en pañales y mi visión había quedado obstruida por los lagrimales que me asaltaban ininterrumpidamente pero, sobre todo, por mis pensamientos. Siempre digo y me maldigo por haber nacido en la década equivocada. Aunque me esfuerzo, me cuesta encajar las piezas en una era completamente millennial (ahora, centennial) invadida por los perfeccionamientos de la tecnología. Sí, es cierto, reniego a cada rato de mi edad actual. No obstante, si me hubiera tocado vivir los acontecimientos que experimentó la Generación X, seguramente mi perspectiva sobre la existencia humana sería muy distinta y estaría complacida por estar llegando al final de mi vida con tanto rock (del bueno) encima.

Ok. Ese fue un súper paréntesis. Vuelvo al Luna. Carlos Alberto Nito Mestre cerró su presentación ovacionado por chicos, grandes y muy grandes. Se hizo imposible no conmoverse. Casi 45 años después, el dúo de pibitos que sin querer queriendo tiraba magia cuando hacía música, esa dupla que supo emocionar con sus baladas contestatarias, que se jactaba de indisciplinada en un mundo tan caótico para cumplir sus propias reglas, ese par de amigos del secundario que se animó a fusionar talento con talento, jamás se imaginó que medio siglo después seguirían juntos sobre un escenario estremeciendo a nuevas generaciones.

“No pienses que estoy loco
es solo una manera de actuar.
No pienses que estoy solo
estoy comunicado con todo lo demás”.
(De mi – Charly García).

El concierto había arrancado con una sobredosis de nostalgia que, nos hizo creer solo por unos minutos, que esa sería la pauta que regiría durante toda la noche. No obstante, el maestro Say No More encendió la Torre de Tesla para compartirnos un poco de su propia medicina. Arrancó una seguidilla de temas pertenecientes al repertorio solista de García que mostró su lado más multifacético y dejó satisfecho todos los gustos. De mi desencadenó la iluminación de la mayoría de los celulares que quisieron capturar ese momento. Los espectadores unieron sus voces para entonar un hit de todos los tiempos. Las pulsaciones comenzaron a disminuir cuando los músicos introdujeron La máquina de ser feliz y Rivalidad correspondientes a Random (2017), el trabajo más reciente del frontman.

A mi entender, se merece un párrafo aparte la compañera de fórmula de Charly, la extraordinaria Rosario Ortega. No sólo por la belleza que desprenden sus cuerdas vocales que nos hacen viajar a mundos tan opuestos por rutas ciento por ciento armoniosas. Su trabajo sobre los escenarios no tiene lugar a reproches. Porque su rol de corista la excede y ella es mucho más que una simple acompañante. Desde que García volvió a los shows en vivo, ella hace las veces de brújula; es quien marca los ritmos y los puntos cardinales del concierto, la encargada de bajar las revoluciones del propio cantante cuando se quiere dar a retirada y todavía falta la mitad de la presentación. El papel de Rosario es clave, sobre todo, porque es la ayuda memoria de un Charly que será eternamente una de las figuras más importantes de nuestra música y de la cultura popular pero, suma tantas canciones en su haber que a veces la bocha la pifia y, en medio de la adrenalina del recital, la naturaleza propia de la edad suele pasar sus facturas.

Tres semanas después, con el diario del lunes y mirando desde la vereda de en frente la admiración que siento por el músico que más voy a querer en toda mi vida, agradezco los climas y momentos que se sucedieron en casi una hora y media de show. Las pulsaciones llegaron a su límite cuando sonó Yendo de la cama al living. El estadio entero se volvió a parar y en las pantallas del Luna pudimos ver por ¿milésima vez? El llamado “gol del siglo” (el segundo que le marcó el Diego a los ingleses en el mundial de 1986). La audiencia se encontraba en su máximo apogeo, por eso, fue muy pertinente que a continuación llegara Cerca de la revolución para que el recinto se viniera abajo.

“Este mundo exclamará por siempre
la película que vi una vez.
Y este mundo te dirá por siempre
que es mejor mirar a la pared.
¿No ves que el mundo gira al revés
mientras miras esos ojos de video tape?”
(Ojos de video tape – Charly García).

Creo que, tras esa efusividad, no pude volver a sentarme. La gente estaba enardecida y él seguía sonriendo. Respondía a los vítores y cada dos por tres intentaba calmarnos: “bueno, chicos, una más”. La lucidez y su espíritu festivo fueron las cualidades que lo acompañaron hasta que los telones se cerraron de forma definitiva. Pero, para mi sorpresa, aún quedaba mucho más. Ojos de video tape y Parte de la religión son dos piezas que me cautivan en toda su extensión y, escucharlas en vivo, a solo un par de metros de su compositor, hicieron que la eterna espera por verlo, acumulada desde 2017 y todas las frustraciones que toleré por quedar siempre afuera del Gran Rex, valieran completamente la pena.

Nunca me salió ser ese tipo de espectador que se queda quietito en su asiento disfrutando el espectáculo. De verdad, lo intenté muchas veces. Entendí que mi manera de disfrutarlo es saltar, cantar, agitar y abrazar (en algunos casos) al que tengo al lado. Se hablaba de una noche especial. Es que, Charly García no pisaba las instalaciones del Luna Park hace siete años. Tenía que ser especial. Por eso, no faltó Rezo por vos, donde nadie, absolutamente nadie, permaneció en su silla. Y, también, puedo asegurar que, a más de uno, se le vino la imagen del flaco Spinetta zapando esas estrofas que, a esta altura, son tan suyas como de García.

Lo cierto es que Charly intentó rompernos el corazón en varias oportunidades. Por suerte, se arrepentía y siempre estaba Rosario Ortega, su mano derecha, para ponerlo en perspectiva. Cuando pensábamos que todo terminaba, aparecieron dos monstruos atronadores: Demoliendo hoteles y Nos siguen pegando abajo. ¿Cómo nos iba a dejar con las ganas de estas joyas del rock nacional a solo unos días de las PASO, con un panorama electoral hiper caliente y con la puteada a nuestro gobierno de turno a flor de piel?

Claro que, la carta Carlos Alberto García, hubiera estado incompleta sino tenía mi porción de Serú Girán. Por supuesto que Peperina esperaba desesperadamente escuchar Peperina. Todavía no se me pudo dar pero, a cambio, se hizo presente sobre las tablas del Luna Pedro Aznar para romperla en una versión de No llores por mi Argentina que dejó a los espectadores con la manija escapándose por los poros. El segundo invitado de la velada se marchó saludando a todos y muy aplaudido, por cierto, pero su despedida no pudo dejar el habitual sabor amargo de quien quiere un poco más porque Nito Mestre se adueñó nuevamente del micrófono para cantar el single que la rompió en el último regreso de Sui Generis, El día que apagaron la luz.

Los artistas lograron que me olvidara de mi, de lo lejos que estaba de casa, del frío polar de allá afuera. Me olvidé, también, que el show en algún momento debía terminar porque Charly amagó tantas veces con irse que ya no le creíamos. No obstante, llegaron las últimas. I’m not in love fuerte, poderosa, tan ensimismada en despedazar todo a su paso. Luego, Total interferencia, una balada a medio tiempo con la que el cantante decidió despedirse sin despedirse. Los telones se cerraron, la música siguió sonando, nadie se movió de su lugar y, sin embargo, las luces se encendieron para dejarnos marchar. Así, vimos por última vez a Charly, violando todo lo que amamos para vivir, para volver a vivirlo.

*

Voy a insistir con esta idea. No creo en las casualidades. Existe un hilo imperceptible que va uniendo las piezas en su debido momento y lugar. Antes de ver por primera vez a Charly, me encontraba atravesando una especie de limbo. Cada tanto, nos toca hacerlo. Estaba desarmando absolutamente todo: a patadas, a tijeretazos, a trompadas, en silencio. Desarmando todo y dejándolo sangrar. Necesitaba reiniciarme. Arrancar de cero. Ese famoso “dar vuelta la página”. Construir un nuevo mundo que me resultara agradable para correr con un poco de ventaja sobre la vorágine diaria. Para evitar sus atropellos y las arbitrariedades que jamás voy a entender. Entonces, apareció Charly. 24 horas después de maquinar posibles formas para conseguir una entrada en la ubicación que fuera, todo resultó más fácil de lo que pensé. Porque, finalmente había llegado mi turno. Mi encuentro con Charly estaba pactado para ese 7 de agosto en el mítico Luna Park, sitio donde finalicé mi expiación, donde la sangre se escurrió, donde me recordé que debo ser fuerte, sobre todo, en estos tiempos, para resistir la decepción y donde prometí que nos veríamos otra vez.

Charly 002
Fuente: cuenta oficial de Charly García @charlygarcia – PH: Guido Adler

 

Foto de portada: Guido Adler – @adlerguido

 

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