Ignorar es la parte más difícil

Me espera mi silla,
la misma que elijo desde que recuerdo,
y digo “mía” porque es el lugar que siempre busco,
pero no deja de ser una más.
Voy tras esa silla que me devuelve árboles y flores,
verde y cemento; de a ratos, autos y siluetas sin nombre,
el asiento privilegiado que me concede un poco de ese exterior que tanto extraño.

Allí está la hoja en blanco de cada mañana.
Una vez más, nos contemplamos en silencio y con desprecio por varios minutos.
Es que, no sabemos qué decir ni cómo comenzar.
Arrojo palabras sueltas en un cuaderno que uso como herramienta complementaria.
Me ayuda a deshacer un sentimiento
y a amasar sin demasiadas ilusiones algún otro.
Todo este alboroto retórico sólo tiene sentido para mi.
Naufrago en un mar de aguas violentas que me sacuden del “no vale la pena”, al “debería olvidarte”, y termino en un bueno, tampoco tiene que ser tan rápido”.

Hago de cuenta que no estas ahí
atravesando las líneas que va dibujando rápidamente este teclado desvencijado.
Me humilla la idea de verte más corpóreo
que todas las sensaciones que me están estrujando las costillas,
los alientos y los “todavía te quiero”.

Pienso que el encierro se transformó en ese espejo
en el que no tengo ganas de mirarme y, sin embargo,
¡la pucha! La imagen que refleja es en alta definición.
Ruego que no sea contraproducente pero descubro
cómo el tiempo en mi compañía se adormece
en la hamaca paraguaya de mis excentricidades.

Me obligué a llevar un registro de los días
porque siento que se me escapa la vida con cada puesta de sol.
¿Ves? Intento hablar de la cotidianidad para esquivarte
y ni siquiera enredándome en mi propio caos dejo de mencionarte.

Estas semanas se te dio por visitarme más seguido.
Y yo te recibo sin reproches
porque necesito que ¿nos perdonemos?
Porque se me antoja mirarte y que ya no nos duela.
Porque si zafamos de este llamado a la introspección obligatoria
no me quiero cruzar de vereda ni privarnos de ponernos al día.

No me alcanza con tu fugacidad
que me sorprende distraída.
Te doy la espalda, te maldigo para mis adentros,
te abrumo de preguntas cuyas respuestas solo las doy yo,
y, al final, cuando me cansé de despotricar contra los dos
te pido que te quedes un poco más.

Ignorar es la parte más difícil.

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