Ultraortodoxa de todo lo que extraño

Tres semanas después de no vernos ni la sombra me confesó por videollamada, un tanto avergonzado y otro poco divertido, que se declaraba ortodoxo de los abrazos que le doy sin razón; de contemplarme en pijama (cualquier muda de ropa vieja), despeinada (sin flequillo) preparando el café de la mañana (batido y con un toque de leche); de mis “pero” cada dos por tres y de mi inconformismo irreversible; de mi risa desquiciada cuando él, finalmente, mete la pata; de mis pucheros manipuladores cuando no logro lo que quiero; de la sonrisa pícara que se me dibuja porque, después de todo, siempre consigo lo que quiero; de mis réplicas insoportables por el simple hecho de no darle la razón; por odiar valiéndome de un millón de argumentos los personajes preferidos de sus películas; de mis súplicas (casi de rodillas) para que me lea el menú porque siempre (¡siempre!) dejo en casa los anteojos; de nuestras discusiones inútiles en el cine ¿pochoclos dulces o salados? (los salados son el OPIO de los aperitivos); de mis expresiones faciales cada vez que me hace probar contra mi voluntad helado de menta granizada (¿cómo te puede gustar tanto?); de primerearme con el mensajito del “¡buen día!” y que yo me ofusque conmigo misma por no llegar a tiempo (sigo sin lograrlo); que el alumno supere al maestro y ahora te de ALTA paliza en el Truco; de mis recitales de los Beatles arriba de la cama cuando tengo una birra de más; de que te cague a pedos porque me exaspera que no puedas recordar la letra de ninguna canción (ni siquiera de los Redondos); de las apuestas que siempre propongo y nunca te gano; que sepa de memoria lo que vas a decir cada vez que pasamos frente a nuestros edificios preferidos; de amanecer destapado y tiritando de frío porque alguien se llevó todas las frazadas para su lado; de los mimos que le hago en el pelo; de las fotos escrachosas que le saco cuando se queda dormido; de nuestros arrebatos bien intencionados cuando subimos al ascensor; de la paciencia que construimos para bancar mutuamente nuestras vidas tan diferentes; de nuestra insurrección porque jamás respetamos las cláusulas del contrato; de la distancia que nos toca militar al caer la noche; de lo poco que nos vemos para que cada encuentro sea el esperado; de lo poco que nos vemos para que nos extrañemos tanto.

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