El final que nunca esperamos y siempre se repite

Imprimí su rostro en mi retina desde el día en que no se supo más de ella. Las redes sociales se encargaron de viralizar su historia; las redes sociales y no la tv, ni el resto de los medios que andan muy ocupados dándonos el paso a paso y tutoriales de cómo hacer nuestro propio barbjijo, una prenda que hace dos semanas tildaban de inútil; la tv y el resto de los medios que andan siguiendo el minuto a minuto de otra pandemia, una que se está poniendo de moda y que ya es tendencia en el mundo.

Las redes sociales se encargaron de viralizar su historia, sus miedos y sus enojos, sus frustraciones y sus sueños, los peligros que la acechaban, la crónica anunciada, la desidia de la “justicia”, el final que nunca esperamos y siempre se repite.

¿A ustedes también les pasa o solamente yo me siento estafada?

Pregunto porque cada vez que paramos para movilizarnos y avanzamos todas juntas a través de esta marea que crece de manera descomunal y en una única dirección, pienso que podemos con todo, que finalmente nos ven, que ese cambio de paradigma por el que tanto luchamos no sólo está sucediendo sino que también es palpable, que el aborto será legal, que el Estado romperá sus contratos con la Iglesia, que conquistaremos los derechos que nos faltan y que estaremos tocando el cielo de una sociedad igualitaria.

Esta madrugada encontraron asesinada a Camila Tarocco en la zona sur de Moreno.

Entonces, empieza la caída libre (como cada vez que amanecemos con la noticia que encontraron el cuerpo de una joven desaparecida mutilado, apuñalado, asfixiado, empalado, muerto). Estoy cayendo y el descenso va en aumento a una velocidad que es imposible de calcular, que me arranca cada centímetro de la piel y me desacomoda todo de lugar, voy cayendo y no tengo posibilidad de abrir el paracaídas. Ya no controlo ni mis extremidades, no tengo fuerzas (mucho menos ganas). Al segundo siguiente, pasto. Mi cuerpo y el de otras cientos de miles de mujeres desparramados en la tierra, inmóviles. Nos quitaron hasta la reacción.

Hace un rato le dije a una amiga que hoy todas nos sentimos un poco así, como si nos hubieran dado una trompada, de esas que te dejan estoqueada, en el medio de la jeta. Cada vez que matan a una mujer, advertimos el desgarro. Es un dolor que ataca nuestra parte más emocional, nos desestabiliza, machuca las esperanzas y las energías, desordena el sistema nervioso y despierta nuestra parte más violenta, esa que tenemos guardada en un baúl con varios candados para nunca jamás acudir a ella, la despierta y nos dan ganas, te juro, nos dan ganas de ignorar la cuarentena y salir a romper todo porque no hay forma de que no nos deje devastadas, porque en este eterno juego de avanzar casilleros nos tendieron una trampa malvada en la que nos toca retroceder y volver a posicionarnos en el nivel inicial. Sí, hay que empezar todo de nuevo.

Pocos entienden que lo que compartimos con la otra es un pacto colectivo tácito: tocan a una, nos tocan a todas. Y los finales que anticipamos (pero no esperamos que se repitan) nos persiguen, se suceden uno atrás de otro en espiral. La última página dice que ahora nos arrebataron a Camila. Nos volvieron a matar.

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