El sillón

Llegaba a casa y era lo primero que veía. Me fastidiaba su presencia de a ratos perturbadora y de a ratos desabrida que, día a día, sumaba incompatibilidad con mi humor. Empecé por evitarlo. Es que su respaldo perdió comodidad o, tal vez, era mi cuerpo el que cargaba más contracturas que las habituales. Hice una lista mental de todo lo que me generaba su rechazo: el olor. Todavía me resulta increíble como ciertos aromas tienen la capacidad de impregnarse en los objetos, en las habitaciones, en mi sillón. Me volví una limpiadora compulsiva; cada dos por tres se me daba por rociar el living. Probé cada desodorante de ambiente que encontraba en el Día, en los Chinos de la esquina o en el Coto. Me volví fanática de los difusores que conseguía a buen precio en Plaza Francia y hasta encendí una docena de los sahumerios que siempre critiqué. Nada. Ese perfume ganaba terreno y yacía inalterable sobre aquellos almohadones que alguna vez supieron ser contenedores y apacibles. Luego, el color. Me pregunto si alguna vez me habrá gustado realmente ese rosa pastel pálido, tan falto de vida, tan marchitado entre los cuadros y los libros que lo asediaban, o si elegí esa tonalidad solo para hacerle la contra a él. Claro, él. Noche tras noche despotricando contra el único testigo de mis alegrías y tristezas, de las buenas y malas noticias, de las risas y los llantos, de las peores peleas y las mejores reconciliaciones, de los mates salvadores y las películas que me sé de memoria. Las respuestas que buscaba empezaron a caer sobre la mesa como fichas de dominó. Y todas manifestaban un común denominador: él. Ese sillón que tanto me gustaba me hacía acordar a él; a su esencia insípida; a su insana costumbre de recostarse con las zapatillas embarradas y dejar manchas tatuadas en su revestimiento; que se pasara horas mirando partidos de fútbol de equipos internacionales que nadie conoce y dejara pozos en cada extremo; de la frustración que me asalta el cuerpo cuando pienso en los 14 años que estuvimos juntos y no llegamos a ningún lado, salvo a esa alteración inexplicable de mis sentidos cuando me acercaba al sillón. Resolví no desquitarme con el mueble que me refugia del caos mientras afuera el mundo se estampa sin ton ni son. Sin embargo, decretamos (mi insomnio y yo) tunearlo un poquito para verlo diferente, para que parezca que fui en busca de uno nuevo sin perder sus formas. Lo mandé a tapizar. Ahora está vestido para la ocasión. Su base conserva el chocolate de antaño y los almohadones son rojos con flores amarillas y naranjas. Quedó muy lejos cualquier signo de agotamiento. Rejuveneció al igual que mi humor.

Cuando llego a casa es lo primero que veo. Bueno, a mi sillón y a Martín que, desde que somos compañeros, lo cubrimos con una funda terracota para cuidarlo del deterioro. Ya no siento fastidio ni sufro espasmos repentinos. Volvió a ser el lugar de la casa que concentra mi fascinación y que atesora en cada recoveco la ilusión de todo lo que está por llegar.

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