No quiero estar acá

Otra vuelta. Y ya es la tercera en esta jornada.
Me estalla la cabeza. Me estalla debido al frío que se trepa por las extremidades
y por los pensamientos que no paran de taladrar.
Quisiera no tener que abrir más esa bendita puerta. Meterle quinta y no detenerme hasta el destino final.
Después del flaco con guitarra y paraguas negro se terminó. Basta. No sube nadie más.
Pero parece que todo el mundo decidió salir hoy de su casa,
que después de tanto tiempo todavía no aprendieron a usar la SUBE,
que nadie sabe exactamente a dónde se dirige y me preguntan por calles que ni sé si las cruzo,
que tengo que funcionar como un maldito GPS,
y encima debo ser paciente con la señora que carga con los tres bepis y las cinco bolsas y me pide que le arrime un poco más a la vereda el bondi.
Cuando no estas de racha, las desgracias se complotan para desfilar una atrás de la otra.
Mi cuerpo está acá pero mi mente se quedó allá, en la cocina cuando la vieja llamó para darme la noticia.
No puedo hacer foco. Necesito terminar este día.
¿Y qué pasa con los semáforos que duran una eternidad? Vengo surfeando la ola roja desde que me puse al volante.
Los pasajeros no tienen la culpa”, me repito como mantra para no desquiciarme con ese bebé que no para de llorar ni con el grupito de chicas que van paradas al fondo y que están a las carcajadas hace veinte minutos.
Los pasajeros no tienen la culpa”, me repito para calmarme y no mandar a nadie a freír churros.
Miro la hora. Pienso en ese dicho certero sobre la tiranía del tiempo. Todavía tengo para otro recorrido.
¿Por qué la gente habla tan fuerte? Entonces me percato de que ni siquiera encendí la radio.
Papi tuvo un infarto. Acaba de ser hospitalizado”. Por encima de todo el barullo habitual del tránsito y la gente arriba del transporte, me resonaban las palabras de la vieja.
¿Qué hago acá? No sé qué hago acá. No quiero estar acá.
Aguanta pá, imploro para mis adentros. Aguanta que ya llego.
Y la culpa canalla siempre tan puntual me dice al oído que si no me hubiera pedido el día para ir a la cancha a ver un partido de mierda en el que nos cagaron a pelotazos el arco ahora no tendría que estar cumpliendo horas extra.
Sigo sin entender. ¿A dónde van todos? ¿Hacia dónde corren? ¿Por qué no dejan de moverse si yo estoy acá, paralizado en el asiento de este colectivo que a esta altura ya ni sé cómo conduzco? Me veo distante, ajeno a lo que me rodea. Me siento el espectador de un mundo que sigue girando a contramano de mis pasos; un mundo que se percibe un poco más frívolo que siempre; un mundo que firmó mi destierro cuando oí sus palabras: Papi tuvo un infarto.

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