No hay recuerdos

Estaba por acostarme pero justo dieron las doce.
Casi siempre lo reviso sin querer saber.

Nada.

¡Qué bueno no tener recuerdos este día!, pensé.
(Ojalá fuera así de sencillo para nuestra bocha).

Últimamente, le doy permiso a mi memoria para que holgazanee.
Total, sin que nadie se los pida, las redes sociales se encargan de recordarnos
que “un día como hoy…” pero en un determinado año pasado estaba en el cine con Fulanito,
tomaba una birra con Menganita,
leía por quinta vez mi libro preferido,
publicada un texto en el que contaba solo paparruchadas,
estaba de vacaciones en una linda playa a principios de mayo.

El mecanismo utilizado por el calendario todavía funciona,
es un hecho, incluso, para las máquinas.
El sistema se reinicia una y otra vez cada 365 días (o 366 cada cuatro años).

Muy a nuestro pesar, aceptamos los términos del tiempo:
que sea circular, repetitivo y que no pueda detenerse.

¿No puede detenerse?
Porque hace más de tres meses estoy estancada en la misma habitación
tachando los días por televisión,
rezándole a las paredes para que estas dos semanas sean las últimas,
esquivando el flujo de tanta información basura.

Sospecho que se habrá ralentizado la rotación de nuestro planeta.
Todo transcurre en slow motion,
como si fuéramos protagonistas de esos sueños en los que debemos llegar a horario pero por alguna razón inexplicable jamás llegamos,
el mundo suspendido en un vaivén que no deja de balancearse.

Imagino los recuerdos que tendrán para mostrarnos las redes dentro de un año:
bolicheando en pantuflas en el living de casa,
fotos con amigxs en plena videollamada,
exhibiendo los dotes culinarios que en ninguna otra ocasión podríamos perfeccionar,
tomando vino a cualquier hora mar
modelando tapabocas (la única prenda nueva que obtuvimos este 2020),
compartiendo nuestras rutinas de entrenamiento con lo poco o mucho que logramos cambiar el cuerpo,
memes de cuarentena,
acostadxs en la cama aburridxs,
otra de tiradxs en el sillón aburridxs,
y una más de aburrimiento con el perro o el gato de almohada.

Pienso en el futuro porque, a veces, cuesta construir en este presente.

Parece como si la maquinaria del tiempo tuviera fallas,
los días se siguen sucediendo y no vemos el cierre del paréntesis.
Lo único bueno de esta jornada es que estaba por acostarme
y revisé por inercia, sin querer ver:
hoy, no hay recuerdos.

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