De horizontes posibles y límites imperceptibles

Me quiero quedar acá
de cara a ese punto en el horizonte
que ya no me parece lejano.

Tal vez es idea mía.
No veo banderitas ni murallas
ni ningún tipo de señalización
que me indique lo contrario.

Se disolvieron las fronteras
y empezamos a hablar
el mismo idioma.

Burlamos la distancia por unos minutos
mientras duró esa canción.
Un poco fue la música
y otro poco esta conexión
que percibimos hace rato
y ninguno se atreve a darle entidad.

Detrás de la línea imperceptible
nuestros Estados conservan su soberanía.
Sin embargo, la cruzamos…

¿Para qué arruinar la magia
de los pocos momentos que nos permitimos
mientras permanecemos en un mismo territorio?

Los últimos acordes se perdieron
en las estelas de esta lejanía innecesaria.
Volvimos a ser conscientes de nuestros espacios
aunque ninguno se movió.

Sucede que el deseo sigue intacto:
tengo ganas de quedarme acá
de cara a este horizonte
que es testigo de mis pasos
y, aún así, resiste imperturbable
dándome la oportunidad de creer que
es posible alcanzarlo;
que, después de todo,
este recorrido tiene un final,
y parece agradable.

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