Ya fue. Le escribo.
No tengo nada que perder,
tengo todo por ganar.
Me contestó.
Me dijo que se sentía un salame
porque a él le hubiera gustado mandar ese mensaje.
Salimos.
Tomamos una birra (bah, tres).
Caminamos por la costanera
medio en pedo cantando canciones de Tan Biónica.
Sí, Tan Biónica.
Le confesé que de piba amaba esas letras,
me dijo que él también.
Me siguió el juego,
desentonó todas las veces,
nos reímos,
nos reímos mucho más.
Después se acercó. Me dio un beso tímido.
Chapamos. Chapamos fuerte.
No me podía soltar.
No quería que me suelte.
Empezó a amanecer.
Me acompañó a la parada.
Llegó el bondi y me llevé su buzo de souvenir.
“Me divertí mucho,
no entiendo por qué no hicimos esto antes”,
decía el WhatsApp que me envió al minuto de despedirnos.
Supongo que por tontos, le contesté
y porque ignorábamos que sólo estábamos
a un mensaje de distancia.