De interiores y fachadas

Todos nos preocupamos por mantener
prolijas nuestras fachadas,
porque es lo que se ve,
porque es el disfraz en el que nos camuflamos
para aparentar ser algo parecido a lo que somos.

Nadie se pregunta por los interiores,
entonces los abandonamos a su suerte.
Le pasamos un trapo de vez en cuando
como para que la mugre no se acumule;
barremos el polvo y lo escondemos debajo de la alfombra
sin darnos cuenta que los ácaros
se aprovechan de la situación
para hacerse más fuertes,
se alimentan de la basura que no descartamos
y empiezan a hacer nido en cada habitación descuidada,
se multiplican
hasta expulsarnos de nuestro propio caos
para que no tengamos ni ganas de mirar
y arreglar un poco el desastre.

Y así vamos todos por la vida
exponiendo las rosas de nuestros jardines
mientras los residuos
ejercen eternamente el proceso de descomposición.
No nos educaron para separar nuestros desechos,
por lo tanto, van a parar todos a la misma bolsa.

Cubren agujeros, rincones, recovecos, escondites,
se acomodan en cualquier sitio en el que se pueda respirar un poco de aire
y lo contaminan;
las localidades internas quedan en ruinas
y sin posibilidad de restauración.

¡Ah! Pero la fachada,
la fachada permanece intacta,
la barremos todos los días,
no vaya a ser cosa que la suciedad
se filtre por alguna esquina y delate que
nuestros adentros están pudriéndose
lentamente
porque no nos atrevemos a abrir las puertas
y mostrar esa otra parte, la que escapa de las apariencias.

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