La relatividad del tiempo

Hace años que lo tengo entre ceja y ceja, lo pienso con demasiada frecuencia. Le exijo pausas, le ruego plazos, le pido favores y el muy canalla no me escucha o simula no hacerlo. Se escurre entre mis manos y mis deseos, no renuncia a ese movimiento ininterrumpido que provoca vértigo y me ensordece con su característico repiqueteo: TIC-TAC, TIC-TAC.

–  Todavía no te pregunté, ¿por qué un reloj de arena? -, arrojó en mi primer descuido.

Ahí estaba, el interrogante inevitable. En un momento, pequé de ilusa y llegué a creer que zafaría de la pregunta para la que ya me había preparado porque si él no la formulaba, tarde o temprano lo haría alguien más. La noche anterior, cuando por fin me había acostumbrado a la idea de dejar mi piel a merced de una aguja por decisión propia, logré resumir la respuesta que aguardaba mi interlocutor en una sola frase: la forma que encontré para amigarme con el tiempo. Esto mismo le dije. Y sonó tan profundo (y amplio) que sentenciamos al unísono, sin necesidad de mencionarlo, no ahondar más en la cuestión. Lo cierto es que no es tan simple como encasillar el asunto en unas pocas palabras. En realidad, no lo es. Claro que no.

Resultó que un día, cuando mi adolescencia estaba llegando a su fin y el cuerpo me pasaba facturas cada domingo, me preguntaron cuál era mi mayor temor. Y lejos de responder algunos de los miedos comunes que seguramente comparto con el resto de la humanidad, como perder a un ser querido o morirme, contesté que le tenía pánico a la velocidad con la que avanzaba el tiempo. Ayer, planeaba el viaje de egresados con mis amigos y hoy planeo cómo organizarme lo mejor posible para llegar a fin de mes.

Estoy segura que fue después de los 20. La llegada de las dos décadas hablaba por sí sola. Mi cumpleaños, el día más festivo del año, pasó a ser mi fecha más odiada. Dejé de celebrar, dejé de esperarlo. Cada número que fui sumando después del veinte era más detestable que el anterior. Supongo, y hoy lo puedo ver con mayor claridad, se fue acentuando la decepción. La estudiante de secundario que consumía a diario productos de ficción pensaba que su vida sería como las novelas que miraba o leía a menudo. Y nada de lo que pronostiqué a mis 16 salió como lo planeado. Por supuesto, algunas cosas fueron mucho mejores, pero otras… ¿Para qué hacer ahora leña del árbol caído?

Afortunadamente, perdí gran parte de mi inocencia. Aunque la queja sigue siendo mi muletilla más recurrente, dejé de culpar a las circunstancias y a las personas, y empecé a hacerme cargo de mis errores y responsabilidades. Entendí que lo que planeamos alguna vez llega, siempre llega pero no cuando lo deseamos sino cuando lo necesitamos. Luego, me tocó transitar la aceptación. Aceptar que el paso del tiempo es inevitable. Transcurre sin piedad, no admite dudas en su trayecto, a veces arrasa, otras veces nos desespera su lentitud, pero eso sí, jamás deja de avanzar. Entonces, no contaba con demasiadas alternativas. Opté por dejar de refunfuñar. Arrojé al abismo esa mochila cargada de presiones que nos acompaña a lo largo de nuestro crecimiento.

Así, la vida empezó a fluir sin tantos reproches. Así, el tiempo dejó de atormentarme. Así, accedí a discurrir a su ritmo, con sus vaivenes vertiginosos, por momentos cayendo lento, otras resbalando, de a ratos a los tumbos, de vez en cuando con precipitaciones, pero respetando sus compases. Giro en el aire, me deslizo sutil y ligera como los granos de arena que descienden del recipiente superior de este reloj que ya forma parte de mí. La fuerza de gravedad no discrimina, al menos, en este plano: la arena cae, el tiempo no se toma descansos y yo ya no puedo detenerme en este punto ni volver hacia atrás.

Nadia, Nadi, Nadita, Na, Peque, Almita, Pepe, Peperina, Pipus, veo todas esas partes mezclarse en un torbellino tormentoso, se van yendo sin mi consentimiento pero conmigo, emigran al recipiente inferior. Años buenos, otros más duros, todos se amontonan o rebotan contra el vidrio que sostiene mi vida. Sin alejarse demasiado, sin abandonarme del todo, esperando del otro lado que llegue el turno de esas otras tantas partes mías que aún no se manifestaron, que siguen aquí, en un presente que poco a poco se desvanece y me pide pista para aterrizar.

Dicen que cuando nos olvidamos del tiempo dejamos de esperar. Podría agregarle a este eslogan un tanto cliché que también dejamos de preguntarnos qué sucederá cuando el recipiente superior de nuestro reloj quede vacío. La tranquilidad se vuelve palpable. Me despojo de él sin olvidar disfrutar y transitar a la velocidad que me propone. Nos amigamos aunque reniegue (en secreto) de su condición irreversible. El tratado de paz entró en vigencia hasta que el último grano de arena cruce la línea del pasado. Y después, ¿quién sabe?

There will be an answer. Let it be…  

2 comentarios sobre “La relatividad del tiempo

  1. Exequiel Hėrcules Poirot

    “Aunque la queja sigue siendo mi muletilla más recurrente, dejé de culpar a las circunstancias y a las personas, y empecé a hacerme cargo de mis errores y responsabilidades. Entendí que lo que planeamos alguna vez llega, siempre llega pero no cuando lo deseamos sino cuando lo necesitamos. Luego, me tocó transitar la aceptación. Aceptar que el paso del tiempo es inevitable. Transcurre sin piedad, no admite dudas en su trayecto, a veces arrasa, otras veces nos desespera su lentitud, pero eso sí, jamás deja de avanzar”

    La verdad que es muy bueno! Un placer leerte. Saludos

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s