Descorpiñada

Supongo que, la mayoría de nosotres, procedemos de la misma forma. Llegamos a casa después de una larga jornada laboral y lo primero que hacemos es revolear los zapatos, zapatillas o lo que sea que proteja los pies. Bueno, quizás no tan así pero a lo que voy es que nos descalzamos.

Luego, antes de devorar las sobras de la noche anterior, seguirán algunos pasos similares: buscar aquellas prendas que hacen las veces de pijama o simplemente ponerse algo más cómodo. Regresamos tan acelerades y con la bocha recargada de información recibida de allá afuera que no nos damos cuenta como esos pequeños detalles condensan nuestras pulsaciones y el cuerpo se empieza a relajar.

Hasta acá, creo que a todes nos pasa más o menos lo mismo con alguna que otra variante. Sin embargo, hay una sensación más, una extra que me viene rondando la cabeza hace semanas y que es tan cierta y valedera como todas las demás aunque (todavía) hablemos poco de ella. Y, en este sentido, voy a dirigirme especialmente a las mujeres sin ánimos de herir susceptibilidades y mucho menos queriendo dejar afuera a los hombres.

Retomo. Llegamos a casa, nos ponemos en patas, nos cambiamos la ropa y ¡ZAS! revoleamos el corpiño. ¡Ah! Era eso. ¿Vieron? Algo se revoleaba. En estos tiempos de deconstrucción, de allanar nuevos terrenos, de descomponer y redefinir constantemente a una ambigua libertad, considero que uno de nuestros actos más osados es el proceso de emancipación que estamos transitando con ese maldito opresor de tetas.

Hay una batalla que se está disputando (y aún tiene para rato) aunque yo ya la considero ganada porque pude ver, leer y escuchar con alegría a muchas mujeres despojadas de sus propios prejuicios, mujeres aceptándose y queriéndose como vinieron al mundo, rechazando ese chip canalla que nos incrustaron al nacer que nos imponía cómo debíamos ser, cómo debíamos actuar y que debíamos usar.

Otro punto favorable de esta generación es que podemos hablar de todo. Lo “tabú” se extinguió. No obstante, muchas de nosotras se sienten habilitadas a liberarlas sólo de puertas para adentro. Desabrochar el “sujetador”, aflojar la espalda, abolir por unas horas la esclavitud de nuestro pecho se goza igual (o aún mejor) que un gol de Messi en el mundial o esa milanga con fritas que sólo tu vieja sabe preparar.

Estamos entendiendo, de a poco, que no existen varas altas ni bajas que debamos alcanzar, que la mirada del otre es válida pero no suficiente para dictaminar como vivamos o no nuestras vidas, que sólo nosotras somos jueces y verdugos de nuestros actos. Entonces, dejo de ser dura conmigo, voy al almacén descorpiñada, con las tetas sueltas, dejándolas ser. Ya no me vuelvo loca buscando un bretel transparente o que haga juego con la remera que me puse para salir un sábado a la noche. NO. Chiquitas, grandes, caídas, levantadas. Con los pezones expresándose. Descorpiñada. Aprendiendo todos los días a ser quien quiero ser y a vivir con mi cuerpo como tengo ganas.

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