Modern love

Hoy amanecí molesta.

Todas las mañanas me despierto más o menos igual: diciéndome a mí misma “cinco minutitos más” después de cancelar la alarma, con frío (siempre tengo frío, incluso en verano), despeinada (sin flequillo), china (al cubo), las ojeras por el piso y pensando en el largo día que me espera por delante. Pero, últimamente, estoy manejando un cóctel de emociones que desborda todos mis límites.

Abrí los ojos después de luchar por horas contra un sueño que jamás llegó. El insomnio me tiene de hija y yo, sabiendo que no tengo chances con ese testarudo arruina descansos, obedezco a su mandato resignada.  Doy vueltas en la cama, miro a cada rato la hora y resto el tiempo que me queda antes que suene el despertador, miro las sombras que se reflejan en el techo y pienso. Pienso demasiado, tanto que mi imaginación se aprovecha de mi vulnerabilidad y se pasa de la raya con ocurrencias que todavía no puedo entender.

¡Que perturbada tengo la bocha! En fin, sin ánimos de asustarlos, retomo. Apagué esa música desesperante y me encontré molesta.

Si hay algo que aprendí en estos últimos años es a decir todo. Cuando estoy ofuscada, cuando estoy triste, cuando estoy alegre, cuando estoy preocupada. Soltar todo y  no guardarme nada. Les aseguro que es sanador. Al manifestarlo se disipan la mayoría de las dudas y las sensaciones que nos están asaltando en ese momento bajan un par de cambios antes de estallar en nuestro cuerpo. Es una forma de salvar a nuestra cabeza para que no maquine paparruchadas.

Sin embargo, no puedo evitarlo. Estoy molesta. No sé todavía dónde depositar esa molestia. Un poco en las personas y otro poco en mí. Hay mucha gente que me molesta a diario. Por empezar, aquellos a los que les dimos el poder de llevar las riendas del país y de nuestras vidas y no hacen más que arrastrarnos a la miseria y la incertidumbre. Pero también, me molesta la gente que rige sus vínculos bajo lo que se ha denominado “amor moderno”. 

Como si el amor tuviera fecha de vencimiento; como si el amor aceptara los términos que le impone el reloj de arena; como si el amor viniera enlatado y, una vez vacío el recipiente, a otra cosa mariposa; como si el amor fuera tan fácil de conseguir en la góndola de un supermercado; como si el amor se pudiera comprar cuando nos plazca; como si el amor fuera agua que se escurre entre los dedos…

No nos damos cuenta de la fragilidad de nuestras relaciones hasta que no nos damos la ñata contra el vidrio. “Te queremos” pero mientras seas la pareja de nuestro hije; “te queremos” pero mientras seas la pareja de nuestro amigue; “te quiero” pero mientras seas la amiga de mi hermana; “te quiero” mientras me sigas pasando todos los apuntes para aprobar; “te quiero” mientras me sigas ayudando a conseguir una mejor posición en el laburo; “te quiero” mientras seas mi amiga jodona siempre lista para salir a desbaratar las noches de los findes; “te quiero” hasta que me consiga a otre para coger; “te quiero” hasta que te canses de hacerme favores; “te quiero” pero… “te quiero” pero…

¿Vieron que siempre decimos “te quiero mucho”, “te quiero hasta el cielo”, “te quiero hasta las estrellas” pero jamás decimos “te quiero para siempre” o “te voy a querer siempre”?. Porque el amor, como nuestras cortas vidas, también es finito y selectivo. De todas las relaciones que formamos en el camino, muy pocas son para siempre, muy pocas nos quieren para siempre.

“El ritmo de la vida me parece mal”, reza una canción. Y sí, vieja. Estamos mal, aprehendimos mal y, a la vez, creo que quedaron varios hilos sueltos de los que nunca nos enteramos. Me angustia quedarme estancada en los años compartidos. Me refiero a la cantidad de veces que nos sentamos juntos en una mesa para cenar o almorzar, los recitales, las películas, las charlas, los cumpleaños, las penas, las alegrías, las carcajadas, los planes… Estoy molesta con la gente que trata a las personas como algo descartable: “te quiero” hasta que no te necesite más y que el amor, como los objetos, llegue al final de su vida útil.

Con esto no estoy diciendo que deberíamos estar obligados a conservar todas nuestras relaciones. No nos olvidemos de nuestra salud mental. Es necesario dejar marchar a muches y cerrarles la puerta definitivamente. En estos momentos estoy pensando que deberíamos ser más considerados con las personas que llegan al mundo. Tendríamos que comprometernos a advertirles lo difícil que es el desapego porque todavía no existe una fórmula para dejar de querer. Aunque las personas nos decepcionen o nos rompan el corazón, el cariño no se va con un simple chasquido de dedos. Al contrario, queda acumulado en cada célula del cuerpo.

Y si el amor no se exterioriza y no llega al sujeto que corresponde, ¿cómo podemos empezar a querer otra vez?

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