Bendito transporte

– Personal del tren, acercarse a la cabina del chofer, por favor.

Un minuto antes, el Ferrocarril Sarmiento cumplía con su recorrido habitual (Moreno – Once) dejando atrás la localidad de Haedo. No me gusta hacer planes porque cada vez que los hago, salen mal. Y esta no fue la excepción. Tenía todo resuelto para esa tarde hasta que pasó lo del tren. Alrededor de las 15, subimos al Sarmiento con mi hermano Nahuel en la estación de Ituzaingó. Él se dirigía a cursar a la facultad de Medicina; yo antes de ir al taller de Anfibia, quería pasar por el Congreso ya que ese día se presentaba por octava vez el Proyecto de Ley por la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE).

Sabíamos que el viaje iba a estar complicado porque varios pasajeros compartían mi destino. Hace tiempo somos fácilmente identificables. Ni la edad, ni el género, ni la clase social. Nuestro distintivo es el color verde. En un parpadeo, el vagón que nos transportaba delataba nuestras intenciones. Pañuelos verdes en las cabezas, en los cuellos y en las muñecas; pañuelos verdes en las mochilas, en los morrales y las carteras; pañuelos verdes en los rostros, en cartulinas y en pancartas. El verde como consigna pero también como nuestro estandarte de lucha, como esperanza de un futuro un poco más justo para las generaciones venideras.

Como imaginamos, el tren iba más lleno que de costumbre. Cuando arribó en Castelar, se desocupó un asiento y se lo cedí a Nahuel para que pudiera ir leyendo más cómodo. “En Liniers cambiamos”, me propuso y yo acepté suponiendo que lograría sentarme antes. Permanecí parada, a su lado, intentando escuchar la radio. La voz entrecortada de Ricardo Mollo se mezclaba con las melodías norteñas que desprendía una flauta que iba de una punta a la otra del vagón con ánimos de alegrar el semblante de los presentes.

Tras un par de aplausos aislados, el músico empezó a pasar la gorra; tres pibas con uniforme escolar se maquillaban unas a otras (el glitter tiene prácticamente asistencia obligatoria en estas convocatorias): corazones verdes y violetas y el símbolo de la mujer son, por lo general,  los dibujos que se advierten en las caras de las jóvenes; delante de mi hermano, dos señoras de cabello corto y grisáceo conversaban sin pausa sobre una pizzería que queda cerca de la casa de una de ellas y que hace las empanadas más grandes y ricas del barrio; más atrás, una chica dormía con los apuntes sobre su regazo; un vendedor ofrecía chocolates: “uno por $20 y dos por $35”; algunos asientos más adelante, un hombre sumaba puntos construyendo edificios en un juego de su celular.

– Próxima estación, Ramos Mejía – anunció por el parlante una voz femenina.

En esos momentos, sonaba en mis auriculares un tema nuevo de Calamaro. Mi mirada quedó anclada en la ventana. Me encanta viajar y contemplar los tipos de casas y sus construcciones, las personas corriendo por alcanzar un bondi o cruzar la barrera, los estadios de fútbol que sobresalen entre los edificios (la cancha de Vélez y la de Ferro), los árboles prácticamente pelados a esta altura del año, las plazas con algún que otro niño sobre la hamaca o el tobogán que vamos dejando atrás.

**

Un minuto después, el desconcierto. Antes de llegar a la siguiente parada, el maquinista clavó los frenos de repente. El primer reflejo fue agarrarnos fuerte de donde pudimos para no caer ni chocar al de al lado. Luego, el susto seguido de caras confusas y miradas que demandaban una respuesta inmediata. Quienes dormían, quedaron paralizados con los ojos bien abiertos y más de un bebé se largó a llorar.

– Personal del tren, acercarse a la cabina del chofer, por favor.

Otra vez el parlante. En esta ocasión el que habló fue el conductor en un tono poco amigable que no logró tranquilizarnos. El malestar nos invadió y se propagó al instante. Quienes viajan a diario en el Sarmiento saben que un frenazo así y la convocatoria de los trabajadores a la cabina del motorman no pueden presagiar nada bueno.

Los murmullos fueron en crescendo. Nahuel y yo nos mirábamos anticipando lo peor. Nadie estaba en su asiento. Todos hablábamos con todos. Todos dábamos nuestras conjeturas.

– Seguro cruzó un auto con la barrera baja.

– Me parece que agarró una bici.

– Espero que no haya sido un perrito.

– Fija que se llevó puesto a alguien.

– Tal vez está haciendo tiempo para que pase un rápido.

– ¿Habrá sido un suicidio?

Todos queríamos saber todo. Todos nos asomábamos por las ventanas para descubrir algo. Todos rezongábamos. Pero nadie sabía con exactitud qué había pasado.  Hasta que las luces se apagaron, y el aire acondicionado también.

Aunque el día estaba fresco, los rayos del sol atravesaban de lleno los ventanales del transporte. Entonces, la temperatura empezó a aumentar. Sin darnos cuenta, las chalinas y bufandas, alguna que otra ruana y las camperas más abrigadas reposaban en nuestros brazos o fueron guardadas en los bolsos. La gente seguía hablando. A mí se me desenchufó la cabeza. Los escuchaba conversar pero ya no esbozaba ninguna idea concreta. Me empecé a sentir mal. La incertidumbre de no saber y el encierro me suelen jugar malas pasadas. Necesitaba bajar o, al menos, que el tren se pusiera en marcha.

Decidí fijar mi mirada en el exterior, donde la vida transcurría más o menos sin sobresaltos. Pero fue una mala idea. Allá afuera, la escena era más sofocante. Teníamos en primera plana la respuesta de por qué el tren se detuvo de manera tan brusca. Los vecinos se acercaban y trataban de sacar una buena foto con sus celulares. Probaban con o sin flash. Querían ver en detalle aquello que estaba tirado en las vías, bajo nuestro vagón, bajo nuestros pies. Más de uno había acertado. El tren atropelló a una joven en el pasillo peatonal frente al Instituto Cirugía de Haedo.

**

Tras veinte minutos de especulaciones, oímos los tres pitidos característicos que anticipan la apertura o cierre de las puertas. Finalmente, se abrieron. Dos delegados ferroviarios (así los reconocimos por sus uniformes celeste y gris oscuro) ayudaron a los pasajeros a descender con cuidado. A pesar del accidente, los trenes seguían circulando en ambos sentidos. El nuestro había quedado entre Haedo y Ramos Mejía. Teníamos varias cuadras por delante hasta la próxima estación. Decidimos caminarlas, acompañados por la gran marea verde de chicas que no se dejó alarmar por un contratiempo.

Nahuel, que me lleva dos cabezas, por momentos quedaba atrás. Más que caminar, metimos trote. Doce cuadras después, chocamos con la multitud errante que rebotaba en los distintos ingresos de la estación de Ramos. “Hubo un accidente. Por el momento, el tren no para acá. Se detiene a partir de Ciudadela”, informaba un agente de seguridad parado junto a los molinetes. Nahuel ya estaba tarde. A mí me quedaban dos horas de changüí para intentar llegar. No lo pensamos demasiado. Cruzamos Avenida Rivadavia y tomamos el primer 136 que alcanzamos. Fuimos las últimas dos personas que el chofer dejó subir. No cabía ni un alfiler más dentro del bondi.

Viajamos parados hasta San Pedrito, donde inicia su recorrido el Subte A en el barrio porteño de Flores. Varias pibas empoderadas nos escoltaron hasta la estación. Nahuel y yo volvimos a percatarnos de nuestra respiración. Habíamos corrido suficiente aquella tarde, no obstante, aún nos quedaba el último tramo. Al llegar a Plaza Miserere, mi hermano se bajó para hacer combinación con la Línea H. Yo seguí hasta Congreso con el resto de las pibas de pañuelo verde.

**

¿Cuántas probabilidades hay de que en el viaje de regreso a casa vuelva a tener dificultades con el transporte público? No creo que la respuesta los sorprenda. Quizás porque peco de puntual o, quizás, porque soy muy ansiosa o, tal vez, porque no estoy acostumbrada a que los incidentes me afecten de manera directa, pero la odisea de movilizarse desde la ciudad al oeste del conurbano bonaerense todavía no había terminado.

Como un niño que no escarmienta de sus travesuras, tomé nuevamente el tren Sarmiento. No hubo demoras, ni amenazas de bomba, ni protestas, ni accidentes. Salimos de Once a horario y antes de las 22 estaba en Morón esperando el último bondi que me deja a la vuelta de mi casa. Pero el colectivo nunca llegó. Con el correr de los minutos, advertí dos circunstancias. La primera, la fila que continuaba a mis espaldas era demasiado extensa, algo poco usual para ese colectivo en la jornada nocturna. La segunda, desde que llegué a la parada, no había pasado ningún colectivo, no al menos, los pertenecientes a la línea 216.

La inquietud, vieja amiga, se empezó a extender entre los presentes. Nos consultábamos entre todos si alguien sabía algo pero nadie abandonaba su lugar. Los locales comerciales, cerrados. Los inspectores de colectivo, ausentes. Sólo los pasajeros y la inminencia de un Paro Nacional anunciado hace semanas por la CGT que comenzaría en menos de dos horas.

Cada dos por tres, alguien se asomaba a la calle a ver si, finalmente, lo veía doblar en la esquina.

Nada.

Uno a uno los pasajeros se fueron marchando. Mi paciencia (o lo que quedaba de ella) la había descargado horas atrás en las puertas del Congreso. “¿Habrán arrancado el paro antes? Nadie avisó nada”, expuso una joven pelirroja a quien lo único que se le veía de la cara eran sus ojos celestes ya que la bufanda violeta le cubría la totalidad del rostro. Y esas palabras me empujaron a huir de allí a tomar el tren (¡otra vez!) hasta Ituzaingó y conseguir un taxi o un remís lo antes posible.

**

En Ituzaingó, corrí a la remisería. Saqué número y, dos minutos después, la sala de espera colapsó. Compartí el auto con un desconocido que se dirigía a la misma zona. Esta medida fue consensuada por los clientes para que todos pudiéramos viajar y desocupar la habitación más rápido.

“Hoy no fue tu día”. Nahuel había llegado un par de horas antes. El accidente del tren Sarmiento me dejó una sensación amarga. Si bien tuvimos que pensar rápidamente en un plan b para reemplazar el transporte, no dejó de ser un hecho desafortunado. Una semana más tarde, confirmamos que había sido un suicidio.

Esa noche, en vísperas del paro, me acosté más temprano que de costumbre. Pensaba en lo difícil que fue trasladarse aquel martes; pensaba en la naturalidad con que la mayoría de los usuarios de los trenes y los colectivos de provincia manejan estas adversidades; pensaba en la frialdad de nuestra reacción al descubrir la muerte de una persona; pensaba en la gente que, quizás, no tenía plata para pagar un taxi, un Uber o lo que sea para volver a su hogar; pensaba que al día siguiente no funcionaría ningún transporte en todo el país; pensaba que, tras la medida de protesta, la calle volvería a ser ese escenario habitual al que estamos tan mal acostumbrados: complicado y caótico; pensaba… hasta que mis ojos finalmente se cerraron.

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