La paradoja de la conectividad

5 llamadas perdidas.
42 notificaciones de WhatsApp.
¿Dónde estas? ¿Qué estas haciendo? ¿Por qué no te llegan los mensajes?”
Dame seeeeeñaaales”.

Ayer escuchaba uno de los tantos podcast que me suelen acompañar durante las tardes y la temática que trataban era la de cancelar a una persona por “x” motivo. Pensaba que, en estos momentos, no cancelaría a nadie, estoy con quienes quiero estar. Sin embargo, sí le daría de baja a ciertos objetos, uno en particular. La posta es que varias veces a la semana me doy el lujo de hacerlo.

Me agrada desaparecer.
No hablo de tomarme el palo y borrarme físicamente.
Me refiero a desaparecer virtualmente.
De hecho, hace años tengo el celular silenciado. A lo sumo, lo dejo vibrar. Pero, silencio.

No soporto escuchar la musiquita ni ningún tipo de ringtone del aparato. Me resulta extremamente molesto. Escucho mi celular una vez al día (o dos): cuando suena la alarma para despertarme y para alguna droga que debo tomar.

Estamos tan mimetizados con nuestro teléfono que hay personas que ya ni lo escuchan aunque suene cada 3 o 4 segundos (amigx, tené en cuenta que la persona que está al lado lo oye a la perfección y después de la décima notificación ya está al borde del ACV).

Entonces, desconecto.

Un ratito. Una hora o dos.

No quiero estar pendiente mientras escribo, laburo, leo o escucho música.
No quiero estar encendiendo la pantalla por el solo hecho de encenderla, por hábito, por mala costumbre, mientras disfruto una peli o la serie para la que me reservo la mayoría de mis noches.

Desconcentra. Atrasa. Roba minutos valiosos.

Me niego, incluso, a contarles novedades que considero importantes a mis amigxs porque no hay nada como la magia del relato cara a cara: los gestos, las cagadas a pedos, las risas espontáneas, los paréntesis súper necesarios, irnos por las ramas con otra historia que nada que ver, volver sin recordar dónde lo habíamos dejado, el deleite de esa birra mientras hacemos una breve pausa.

No me estoy haciendo la hippie anti tecno porque estaría mintiendo. La mayor parte del tiempo soy su maldita esclava. Ahora estoy descargando este berretín de indignaciones dirigidas a él teniéndolo al lado, apurándome porque vuelve a sonar esa alarma que, aunque irritante, se convirtió en un mal necesario.

Desprenderse de ese aparatito que reposa 24/7 en alguna de nuestras manos es como irse de vacaciones. Desconexión sideral. Una escapada. Porque sabés que no dura demasiado. Porque sabes que al rato volves a ser dependiente de ese dispositivo que funciona a batería y que, por cierto, si no lo cargáramos, quizás andaríamos más sueltos y más humanos por la vida, prestando atención a lo que sucede al rededor y no a una pantalla depositaria de tanta información random que no nos modifica demasiado.

O tal vez sí.

Tal vez nos volvimos un poco más inflexibles; tal vez desarrollamos nuestro lado más superficial; tal vez nos movemos más hostiles en nuestros ámbitos cotidianos; tal vez somos más proclives a posponer una juntada con amigxs porque total hablamos todos los días vía un grupo de WhatsApp; tal vez ese aparato nos automatizó de tal manera que nos acostumbramos a actuar distantes.

Tal vez el celular favoreció a la subestimada soledad (¿o sobrestimada?). Porque si estoy hablando con todxs al mismo tiempo, ¿qué tan solx realmente estoy?

Cuando me hago la heavy y re jodida y desaparezco porque sí del mundo virtual pienso en la paradoja de la conectividad. No dejan de cranear formas para facilitarnos la conexión y, de todas formas, los puentes que nos unían con un otrx no hacen más que derrumbarse.

¡OJO! También pienso que la queja y la exageración son dos de mis grandes defectos y los tengo que seguir trabajando pero a mi no me desagradaba esa escena en la que un amigo mandaba un mensaje de texto o pegaba un tubazo para decirme si me podía conectar unos minutos al Messenger para armar el trabajo práctico que teníamos que entregar al otro día en el colegio.

En ese sentido, desaparecer me sigue resultando conveniente (y saludable).

Desaparecer y encontrarse nuevamente con uno mismo.
Desaparecer y empatizar con lo que acontece justo frente a nuestros ojos.
Desaparecer y entender verdaderamente lo que el otro nos está diciendo.
Desaparecer para burlar a la fuerza de gravedad y detener el derrumbe de tantos puentes.
Desaparecer para volver a equilibrarnos.

Desaparecer…

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