Es sólo una cuestión de decisión

Y yo que siempre descargué mi fusil contra los días grises
me encuentro de este lado de la ventana
contemplando con los ánimos subastados
el ritmo indiscreto de las gotas
que no dejan de caer.

Debe ser que pongo de excusa a la lluvia para demorar
las comas, los paréntesis, los puntos suspensivos
y algún que otro último trazo sobre esas hojas
ahora teñidas de esperanza y confusión.

Sobre la mesa del comedor reposan
una taza vacía, un florero cuyo contenido se marchitó,
el celular que no me animo a prender
y dos sobres blancos, abiertos,
esperando su fruición de la jornada
para ser enviados.

En una de las cartas, le suplico a su destinatario
que deje de visitarme por las noches.
Ya no me cabe jugar a las escondidas
si nunca se va a dejar encontrar.
Cerrar los ojos es la nueva gran estafa del siglo XXI
porque no me permite sucumbir al cansancio,
porque tengo que escuchar sus susurros multiplicándose
en un eco que se mueve en espiral.
Le suplico que si nunca tuvo intenciones de quedarse
que no se gaste, que ya ni vuelva.

La segunda carta es más complicada,
parece una lista del supermercado
en la que anoto y pido cosas que no necesito
porque las tengo.
Me inquieta pensar en la inevitable posibilidad
de que se esfumen sin previo aviso
tal como llegaron.
Le ruego a su destinatario que cuide el jardín que plantamos,
ahora que lo veo verde verde,
las esperanzas se vuelven tangibles.

Y aunque escribí mi nombre sobre el margen inferior derecho
como para reafirmar mi apelación,
para que no queden dudas del remitente,
todavía no fui capaz de resolver quién será el receptor de un sobre
y quién del otro.
Advertirse constantemente en esta posición es agobiante.
¿Qué si? ¿Qué no? ¿Qué luego? ¿Qué tal vez? ¿Qué nunca más?
Llega un momento en la vida en que todo es cuestión de decisiones.

Eso, la vida es decisión.
Si nos equivocamos somos dueños de, al menos, un resultado:
la certeza de no poder volver atrás.

Pero mis sobres siguen sin su destinatario.
Entonces desvío mi mirada al temporal que se precipita afuera.
A veces, es más fácil entregarse a la tormenta
que tomar coraje y decidir.

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