Los mil mañanas por venir

Un día de estos me voy a morir planificando los mil mañanas que no llegan porque vivo pensando en el después.

Es que el tiempo no tiene piedad. Avanza, no se toma descansos, exige que nos desplacemos a su ritmo sin chances de quedarnos acá, quietos en este instante que está siendo grandioso. Un segundo más tarde, se archiva en la memoria, se convierte en un insignificante recuerdo dentro de la agitada marea del devenir al que ya no volvemos porque todo progresa, todo se desarrolla frente a nuestros ojos y se va.

La velocidad es tan intensa que casi no la percibo. Por las dudas, meto cada tanto el freno de mano. Me dan ganas de permanecer de este lado de la ventana, coincidir por un ratito con el interior que me rodea, guardar los detalles, saborear el café hasta la última gota, leer un libro entre líneas (y entre pausas) para dejar de devorarlos, garabatear en mi cuaderno lo que todavía no me animé a decir, terminar otra mandala en compañía de la playlist que armé para los domingos primaverales, cerrar los ojos sin que me preocupe perder minutos de lo que mi cabeza proyecta sin parar.

El ahora me desalienta, no lo alcanzo. Quiero atraparlo en esta tarde cálida de verano, darle unos centímetros más de exclusividad mientras nos tiramos al pasto con mi perra a absorber todo el aire que nos vuela la melena, y cuando creo lograrlo el sol desciende entre los techos y llega la noche otra vez.

Planificar me sabe a utopía, a la interminable construcción de un deseo para depositar en él la responsabilidad de ser el motor que nos mueve. Y el futuro (siempre) llega sin darnos cuenta. Se presenta indiferente, truncado, se estaciona en la esquina de nuestras ilusiones con las manos vacías.

Si lo que planifico jamás llega a mi antojo, ¿por qué sigo organizando los mil mañanas en el calendario de los después?

Porque la vida es la suma de los momentos que pasaron y de los momentos que vendrán. Y si los recuerdos y el desconocimiento del futuro son los soportes que nos mantienen en pie, ¿cómo voy a renunciar a la posibilidad de que llegue el mañana esperado?

Un día de estos me voy a morir planificando. Sólo espero que cuando llegue ese día mi lista de pendientes esté saldada.

2 respuestas a “Los mil mañanas por venir

  1. Planificar es trazar una ruta en un terreno desconocido. Aunque no logremos seguirlo nos sirve para marcar un rumbo y empezar a caminar. Muchas veces, desviándonos del camino planeado, nos encontramos con algo mejor que el destino original.

    ̉¡Mucha suerte con tus planes!

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