Rodar ligera, rodar liviana

–  ¿Arrancamos? -, soltó dubitativa. Como si mis deseos anhelaran lo contrario; como si no estuviera luchando contra mis impulsos para controlarme, para no mandar todo al diablo, para no rajar sin aviso, sin horarios, sin fecha estimada.

Primero la derecha, luego la izquierda. Las piernas se entregaron a flotar en una altura poco prometedora. Se deslizaron, en principio, con dificultad. Pero a medida que avanzaban por una calle peligrosamente empedrada, los pedales aminoraron su resistencia.

Me había olvidado de aquella sensación. Ese cosquilleo que te recorre el rostro y acaricia las mejillas con una suavidad fría. Por momentos, mantenía los ojos cerrados, me dejaba abrazar por aquella emoción de antaño, la que volvía a buscarme para repetir tardes extinguidas bajo el sol de verano.

Un kilómetro después, en las afueras del pueblo, mi mente ya no me pertenecía, divagaba por pasados lejanos. Intentaba responderse si alguna vez me había sentido tan liviana, tan despojada de inquietudes. ¿Sería real o una vez más mi imaginación me jugaba una mala pasada?

La ruta se extendía a sus anchas silenciosa, solitaria. De vez en cuando, un automóvil aislado interrumpía rugiendo amablemente sobre el camino despejado. A mis costados, se levantaban opulentos y abundantes los viñedos que nos abastecen hace décadas. Y allá en el horizonte… una belleza inmejorable.

Con la vista despabilada, capté cada fotograma, en tanto el resto de mis sentidos se amontonó en un efusivo festín que agasajaba de colores a esa tierra. Los famosos cerros pintarrajeados ascendían hacia el cielo y se perdían entre las nubes. Pocas veces me dejan sin palabras. Esa postal se imprimió para siempre en la retina sin intenciones de revelarla (hasta el día de hoy).

*

Quiero reincidir en esa idea de libertad que mencioné anteriormente. Porque ni cuando saqué el registro de conducir y me prestaron el coche, experimenté tal sensación de algarabía y despojo total. Algo así como soltar por un ratito la soga de la que tiramos casi todo el año; algo así como sacarte la mochila un viernes cuando llegas del laburo; algo así como lanzarte en caída libre desde un precipicio a todo o nada sabiendo que no hay forma de estrellarse; algo así como volar de manera independiente, sin aviones, sin paracaídas, sin ningún otro intermediario más que tu cuerpo y tu alma.

Aquella tarde, rodamos hasta el fin del mundo, ahí justamente donde el sol se pierde para renacer con más esplendor al otro día. Rodamos hasta que nuestras piernas pidieron regresar (en realidad, queríamos evitar que la oscuridad se instalara de sopetón y nos hiciera JAQUE MATE). Rodamos ligeras, rodamos livianas, rodamos a carcajadas con el sol yaciendo como único testigo.

*

No tengo un final digno de best seller ni escondo un enigma imposible como el Cubo de Rubik. Concluí una vez más que el verano y la bicicleta serán siempre mi dupla preferida, sin mencionar todos los componentes que convergen en esta combinación: los atardeceres dilatados, el calorcito y su desfile de ojotas, la escasez de ropa, ese “Dios” certero en lo alto  que me deja admirarlo, que me transmite su energía sin mezquindad y me deja sentir su presencia a cada rayo, a cada paso…

*

Respiro y mi pedaleo pierde velocidad. Pienso que en el fondo hay algo más significativo que el simple hecho de estar en contacto conmigo misma y con la naturaleza. Entonces, me asaltan los recuerdos y veo una silueta distinta a la que me devuelve la mirada hoy en el espejo. Tengo quince años menos, estoy entrando en la adolescencia y ruedo por una calle cualquiera, charlando de un tema cualquiera, riendo de un chiste cualquiera, esquivando un auto cualquiera…

Siempre con ellas, mis amigas, mis camaradas. Intervenimos las esquinas, las veredas, los barrios. Los recorremos por centésima vez creyendo que no advertimos un árbol que estuvo allí incluso antes de que nosotras llegáramos al mundo, saboreamos un naranjú mientras nos guarecemos en la sombra, nos aventuramos al viento y a sus brazadas para que nos den de lleno en la cara, contamos otra puesta de sol y pegamos la vuelta.

Entendemos que, como en el cuento de Cenicienta, el tiempo se acaba y será inevitable colgar nuestra independencia en el perchero de la vida.

Volvemos a casa (sin dejar de pedalear).

Volvemos pero rodamos ligeras, rodamos livianas.

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