A day in the life

“Una joven embarazada y su pareja murieron aplastados tras el derrumbe de su propia casa”, arroja la televisión sin desatender su tono sensacionalista; “buscan a un menor acusado de balear por la espalda a una nena de cuatro años en un robo”, reza el titular de uno de los portales de noticias más importantes del país; “asaltó un colectivo, apuñaló a dos víctimas y casi lo linchan”, escucho que se escurre entre las noticias de un programa radial dedicado al rock nacional e internacional; “al final, se murió la nena de trece años sometida a una cesárea en la provincia de Chaco. Ni una vida ni la otra, ¿viste?”, es lo primero que me cuenta mi vecina después del “¿cómo estás?” cuando salgo a la noche a pasear a los perros.

Mientras escribo, suenan en la distancia las voces jóvenes de cuatro pibes oriundos de Liverpool que suelen ser los encargados de despertar mi motivación y traer la calma en medio de la vorágine informativa (casi siempre destructiva). La tarde se va despidiendo del otro lado de la ventana y cuando me aproximo a encender las luces de la habitación, ese mismo cuarteto de adolescentes ingleses me devuelve la mirada a través del espejo. Hoy llevo puesta, una vez más, la “A hard day’s night” de color gris que no me la quito ni para dormir. Un buen día comprendí que mi admiración por los Beatles no tenía que ver con algo meramente musical, sino con una forma de vida. Y aunque mi remera ya esté toda desteñida, sigue siendo de mis preferidas. Es mi forma de decir en qué lugar del mundo estoy parada y hacia donde se encauzan mis pensamientos. Entonces, me percato de las casualidades que se suceden alrededor mío y comienzo a sospechar que hay algo mucho más profundo detrás de esta “simple” coincidencia.

Hace tanto tiempo que los Beatles se separaron. Es más, la banda se disolvió en una década en la que yo aún no existía y, para ser más precisa, dos de sus integrantes abandonaron varios años atrás el plano terrenal y, sin embargo… Es increíble que todos los días lea noticias nuevas sobre una banda que se extinguió en los setenta sobre los escenarios pero ganó inmortalidad en nuestros reproductores; todos los días Paul, Ringo, John o George son protagonistas de algún titular, al menos, los de mi interés; todos los días se dispara alguna curiosidad sobre sus canciones, arreglos mal logrados que jamás nadie notó; todos los meses es el aniversario de uno de sus discos; admito que busco alegrarme todas las mañanas con los mensajes positivos que tuitea Ringo de manera rutinaria (love and peace, su marca personal); luego, las andanzas de Paul (capítulo aparte para el ex beatle que no deja de hacer música), con sus giras, sus éxitos, sus visitas en la TV, sus shows express. Y así, siempre.

Bueno, estoy siendo redundante. Suelo ponerme un poco intensa cuando hablo de la música en general y de los Beatles en particular. Quienes logran transcender todas las fronteras, jamás pueden ser figuras pasajeras, de esas que te tocan la puerta un día cualquiera y se marchan sin avisar. No. Estos pibes trascienden incluso generaciones. Y me dirijo a ellos como “pibes” porque cada vez que suenan en mi presencia, me imagino a los veinteañeros que iban al programa de Ed Sullivan y volvían loco a su público femenino. Se convirtieron en un fenómeno que estalla en la cabeza de cualquiera que los escuche, algo así como amor a primera oída pero elevado a la quinta potencia sin obnubilar nuestros sentidos. Y siempre estuve muy de acuerdo que sea así, que los pibes sean admirados y respetados hasta en los lugares más recónditos del mundo.

¿Adivinen qué? Otra vez me fui por las ramas. Quería hablar del otro asunto, de aquel con el que empecé esta sarta idílica de halagos y flores. Aquello de lo que la mayoría escapa para evitar contribuir con la fatiga craneal. Quería hablar de ellos sin la necesidad de mencionarlos. Más bien, intentaba hacer referencia al estandarte que supieron crear y defender a través de su música. La verdadera razón del éxito rotundo, sin menospreciar sus capacidades artísticas y la impronta sin precedentes que cultivaron en la voluntad de los músicos venideros. Hace cincuenta años atrás, la sociedad inglesa continuaba cacheteada y la juventud que avanzaba no se sentía representada por los ideales de la época. Los Beatles sin quererlo (o quizás sí) impusieron un nuevo estilo que fue aceptado gratamente. La Segunda Guerra Mundial había quedado atrás y parecía ser sólo un acontecimiento que formaría parte de los libros de Historia. Sin embargo, en diversos puntos del planeta Tierra, las bombas seguían estallando y la gente seguía muriendo en vano.

Sucesos como la Guerra de Vietnam o el Mayo Francés, inspiraban al cuarteto escarabajo a escribir letras con mensajes pacifistas y sugerían, cada tanto, lo bello que sería vivir abrazados al amor, a la libertad del espíritu y preservando la unión de los seres humanos. Tan poético como absurdo cuando la mayor parte de los negocios que tienen lugar en el mundo prosperan porque el caos les es funcional; tan utópico como falaz cuando sobrevivimos a diario a sociedades marginadas y devastadas física y mentalmente; tan onírico como abyecto cuando naturalizamos, sin pensar, la violencia desmedida con la que lidiamos en distintos ámbitos de nuestra vida. Y cuando buscamos darle un respiro a nuestras neuronas de tanto atropello en el mundo exterior, encendemos en nuestra jurisdicción alguna de “las cajas bobas” (todas aquellas que miramos durante horas a través de una pantalla) como si quisiéramos seguir alimentando el morbo con el que convivimos cotidianamente.

Las 24 horas del día transcurren en un colage interminable de episodios tan lejanos a nuestros cuerpos pero expertos en atracar conciencias adueñándose de nuestra moralidad. Entonces, la distancia se vuelve relativa y todo aquello que parecía desarrollarse en otro plano convive con nosotros: robos, asesinatos, violaciones, femicidios, violencia institucional, el dólar por las nubes, aumento de servicios, la inflación batiendo récords mes a mes, paro de transportes, paro de pilotos, cierre de fábricas, protestas en el Obelisco, en Casa Rosada, en Tribunales y en el Congreso… La lista va en crescendo y, lejos de tachar alguna de estas problemáticas, nuestros sentidos se acostumbraron a recibir información en exceso siendo incapaces de llegar a procesar cada acontecimiento en su totalidad, aunque con el tiempo suficiente para elaborar un juicio sobre todos estos sucesos.

Doy fe de que intentamos evitarla; cruzamos de vereda, damos vuelta en la esquina contraria para no tener que olfatearle ni los despojos. Lo cierto es que no es tan fácil como desearlo. La violencia está arraigada a nuestras raíces desde que tenemos memoria. Se materializa de la forma que le plazca según la ocasión procurando ser la contracara de la armonía por la que nos disputamos. En nuestras palabras, en nuestros actos, en lo que elegimos consumir y lo que termina por consumirnos la cabeza.

Se establece un contrato implícito desde el principio, un acuerdo que intentamos sabotear cuando llegamos a casa y ponemos la música que más nos gusta; cuando agarramos ese libro que nos espera en la mesita de luz y nos transporta a otro país, otra familia, otra vida; cuando nos calzamos el delantal y nos sumergimos en la cocina; cuando el cable por fin se digna a pasarnos nuestra película preferida; cuando coincidimos con nuestros viejos un ratito en el living de casa para charlar sobre el día que se está terminando; cuando compartimos unos mates o unas birras con nuestros amigos; cuando simplemente nos encontramos solos, como yo en este momento, escribiendo ensimismada sobre todo y nada, llenando espacios vacíos mientras las voces de los cuatro pibitos absorben mis pensamientos (Turn off your mind, relax and float down stream/, Lay down all thoughts, surrender to the void) y entorpecen agradablemente la llegada de cualquier flujo informativo destinado a abrumar mis instantes de tregua, cuando puedo respirar por un ratito un poco de tranquilidad.

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