Desarma y sangra: compendio de otro año que se va

Estoy segura que en más de una oportunidad les mencioné mi desamor por lo cliché. Tal es mi antipatía que de tanto rechazo termino cayendo en lo típico, porque si no puedes con tu enemigo, mejor te unes a él. Ésta es una de esas ocasiones en las que recurro a lo propio de fin de año. Me consuelo con saber que más de uno odia los balances anuales tanto como yo. ¿A quién le interesa saber cuántas de las líneas que escribiste en tu lista de metas 2018 tachaste? ¿A quién le interesa saber tus fracasos y aciertos? A nadie más que a uno mismo. Creo que me aferro a este patético recurso como una forma catártica de despedirlo pero también de sincerarme con mi yo más mío.

La velocidad con la que corre el tiempo es una circunstancia irreversible que me angustia bastante. Precisamente es el tiempo el que me la tiene jurada. Vivo en un desgastante tire y afloje en el que, por supuesto, siempre salgo perdiendo. Observo mi imagen en el espejo y la interpelo, a veces con rabia, otras sólo por curiosidad, porque necesito si o si obtener una respuesta medianamente lógica, al menos, para la contienda que se desata en mi cabeza mientras tanteo diversos veredictos. Otros 365 días quedaron atrás, no obstante, ¿qué varió? ¿Cuáles fueron los cambios rotundos, esos tan poderosos, que trae consigo el paso del tiempo?

Observo mi imagen en el espejo. Y lo que veo seguramente no los sorprenderá. Estoy igual, exactamente igual. Mi metro y medio no se estiró ni la suma de los lados dio otro resultado. Sigo siendo Nadia, la Pepe, con sus mejillas prominentes y su característico flequillo sinuoso, ex combatiente de alguna guerra con las tijeras. Quizás a mi vista se le escape alguna que otra cana escondida o los vestigios de las primeras arrugas que no creo que se demoren mucho más. Omitiendo esos detalles, el exterior está prácticamente igual. Entonces, ¿qué cambió? ¿Qué dejó este 2018 que ya empieza a extinguirse?

He aquí el problema para una persona que no sabe resumir. Aunque me siento bastante quemada este diciembre, hice un registro en mi disco rígido de aquellos acontecimientos que vale la pena mencionar. Por eso, en primer lugar, me parece fundamental destacar la unión de las mujeres, en todo sentido. Con el correr de los años, aprehendimos y entendimos que unides y organizades todo es posible, que nos hacemos más fuertes y, por lo tanto, inquebrantables, que nos hacemos más visibles y, por lo tanto, escuchadas. Hace rato las mujeres venimos pujando por este reconocimiento. Nos fuimos escabullendo de a poco para ganar esos espacios que teníamos denegados. Sin embargo, este 2018 logramos abrir una verdadera grieta que distancia fuertemente al patriarcado del feminismo. No puedo sentirme más orgullosa de mis compañeras y de formar parte de esta ola que está decidida a arrasar y llevarse hasta los últimos residuos de masculinidad obstinada que no piensa esmerarse ni por las dudas en cuestionar sus privilegios.

Tengo demasiada tela para cortar sobre este asunto y no quisiera extenderme tanto pero, lo cierto es que los últimos meses escuché diversos testimonios de distintas mujeres que me angustiaron, que desbarataron los chips incrustados en diferentes partes de mi cuerpo, sacudieron mi memoria que estaba bastante cómoda y adormecida en su espacio de confort. ¿A todas les pasó algo? A los hombres les parece un chiste, incluso a nosotras mismas nos cuesta reconocerlo, pero sí, todas alguna vez nos sentimos abusadas, disminuidas, discriminadas, desvalorizadas, desechables por nuestra condición de mujer. Y estaba bien. En ese momento, todes creíamos que estaba bien. En parte, nos habían educado así, naturalizando hechos por los que nos debíamos sentir culpables.

El discurso que sigue es más de lo que venimos escuchando y leyendo en los últimos días. Las marchas espontáneas cuando nos tocan a una, las movilizaciones del Ni Una Menos, el debate por el aborto legal, seguro y gratuito en el Congreso, la discusión para endurecer las penas de los femicidas, las denuncias por maltrato, violaciones y abusos sexuales… Comprender y asimilar todas esas carencias y desigualdades, fue un proceso que nos costó los dos ovarios. El feminismo es un camino largo y todavía en construcción que comencé a transitar hace muy poco y, aún, me restan kilómetros y kilómetros de recorrido. Me reconforta saber que este viaje en el que me desarmo y me vuelvo a armar (a veces con sangre y dolor, otras veces con alegría y sudor), no lo hago sola. Ya ninguna lo hará sola jamás.

*

Luego, decidí crear mi propio espacio. Estoy hablando del segundo punto perteneciente a la mitad del vaso medio lleno. El verano me encontró cursando un taller de Crónicas dictado por Nora Vera para revista Anfibia. Efectivamente me motivó a abandonar las actividades que hacía más por compromiso y amistad que por amor al arte. Hoy puedo decir completamente segura que cuando ya no nos sentimos parte de un lugar, lo mejor es rajar e ir por algo nuevo. Así nació Huecos de Magia, mi rincón, mi diario digital, mi bitácora de anécdotas, donde puedo abrirme y hablar de lo que sea cuando quiera. Con mis ganas, con mis tiempos, con mis testamentos o telegramas. El refugio en el que puedo seguir haciendo lo que más me gusta sin perder las mañas. No quiero dejar de agradecer a los que me alentaron a hacerlo y, desde la primera publicación, me acompañan renglón tras renglón con su lectura y sus interpretaciones.

La tercera pata de la  mesa se la voy atribuir a los viajes que hice. Río de Janeiro y las Cataratas del Iguazú eran asignaturas pendientes. No puedo renegar de la velocidad de esos pocos días. La intensidad vivida fue igual o mayor a la deseada y, en definitiva, conocer, experimentar, intercambiar, percibir, tantear, soportar, observar, etc., etc., etc. en esas ciudades era todo lo que anhelaba respirar y retener en la memoria hasta agotar su capacidad, hasta lo que la muy cabrona aguante.

Y, finalmente, qué decirle a los de siempre. La mayor fuerza contenedora con la que puede contar un ser humano. Los que permanecen bancando los berrinches, los malhumores, las ofuscaciones sin explicación y los días fuleros; los portadores de los abrazos urgentes para enderezarse y poder hacerle frente a las malas rachas; aquellos faroles únicos en su especie que nos garantizan claridad hasta alcanzar la meta; los que nos facilitan los cálculos porque saben que su tarea es exclusivamente sumar; los reveladores de atajos y aseguradores de carcajadas. Ellos, los de siempre, los amigos, la familia y algunos más que completan el entramado social de nuestras vidas.

*

Como toda balanza, con sus pro y sus contra, la mía no viene a ser una excepción. Queda la parte rancia, la mitad del vaso medio vacío, esos restos ya aguachentos del trago que trataste de zafar con mucho mucho hielo. Teniendo en cuenta que acabo de revivir y materializar lo insuperable de este 2018, considero que las adversidades y los malos ratos no merecen párrafos ni entidades.

Después de transitar el duelo, mucho después de que superamos la etapa de aceptación, luego de acostumbrarnos a convivir con el malestar, entendemos que nada es lo suficientemente importante para tirarnos abajo de forma definitiva. El dolor, los malos momentos son parte de este combo que nos dan al nacer y con el que jamás nos comprometimos. Pero aquí estamos. Y algo hay que hacer con lo que tenemos (o no). Depende de cada quién. No tengo ganas de pasar por esta vida sin penas ni glorias. Al contrario, tengo ganas de disfrutar y de reírme hasta que no me queden más lágrimas. Así crecí, así quiero seguir.

Esta parte peperinesca de mi persona no me la fumo y siempre estoy haciendo esfuerzos por reprimirla. Estoy en un presente especial. Veo como se asoman los cuernos de la tercera década en el horizonte. Y me aterra. Y me deprime. Y la detesto sin haberla conocido. Pero (casi) siempre gana la resignación, así que la recibiré como todos mis veintitantos. Por eso, tanta cursilería. Por eso, tanta cháchara barata. Por eso, este telegrama devenido en testamento. Por eso, este ensañamiento con la purgación. Necesito desintegrarme; ser una partícula minúscula flotando por ahí; reencontrarme con mis otras partes; arrancar de cero el rompecabezas; unir cada una de sus piezas evitando ofuscarme por aquellos fragmentos que no encajan donde quisiera; dejar fluir las decepciones cuando no haya coincidencias; y seguir probando hasta que todas mis fracciones se ensamblen en una sola, hasta rearmarme en una nueva versión de mi misma que se permita múltiples desembocaduras, y así tener la posibilidad de salir las veces que precise remendarme otra vez.

*

Como habrán previsto, terminé cocinando una complicada sopa de palabras que, en realidad, plantea algo muy simple. Dejar ir este 2018 con sus buenos y malos tragos para recibir el año nuevo con lo mejor que esperamos de nosotros mismos. No hay mayor juez que la mirada que nos devuelve el espejo esperando encontrarse de lleno con nuestras aspiraciones concretadas. Nada es tan terrible y, mucho menos importante, como para perder nuestro rumbo en el itinerario que planeamos alguna vez. Los amigos, la familia y el amor, el resto es brillantina. El próximo 1ero de enero brindo por un 2019 de crecimiento, deconstrucción, superación, empatía y, en lo personal, cada vez más feminista.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s