El sonido del silencio

Allí, donde el frío es amigable y te penetra sólo por los ojos. Allí, donde el cielo parece confraternizar con las montañas. Allí, en las alturas del sur, donde tuve uno de mis tantos ‘mano a mano’ con la naturaleza y casi casi termina en derrota.

La extensa caminata en ascenso, las ramas crujiendo bajo los pies, las copas de los árboles ondeando al ritmo del viento, alguna que otra ave musicalizando el trayecto.

Las flechas en el sendero guiaban nuestros pasos y cuando la respiración comenzó a ensordecernos por el esfuerzo, la cima asomó su fachada afilada para darnos una tregua.

Alto, bien alto y en soledad, se aprecian y se entienden muchas sensaciones que los mejores autores nos intentan transmitir con su pluma. ¿Escucharon alguna vez el sonido del silencio? En ocasiones reniego de lo desatinado que suena este enunciado. Incluso, genera contradicción en sí mismo.

Ese día, escuché el sonido. Y les puedo asegurar que es tan estridente como mi grito buscando su eco: el agua fluyendo y golpeando contra las rocas; la brisa silbando melodías según su dirección; el murmullo de la flora balanceándose ligera; el motor de una lancha perdiéndose en el horizonte; la fauna, tan versátil como excéntrica haciendo uso de su libertad de expresión; el repiqueteo de mi corazón intentando todavía bajar las pulsaciones; y nuestra respiración disminuyendo, retomando la calma.

Esa tarde entendí que el silencio tiene, en realidad, distintos sonidos. Depende del contexto y de quiénes seamos sus espectadores.

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