Cien intentos después: Cien años de soledad

“Había tenido que violar todos sus pactos con la muerte y revolcarse como un cerdo en el muladar de la gloria, para descubrir con casi cuarenta años de retraso los privilegios de la simplicidad”. (Cien años de soledad – Gabriel García Márquez).

¿Qué más puedo agregar de una obra que se consagró en todos los frentes literarios posibles? Si todavía no leíste Cien años de soledad, estoy segura que, al menos, escuchaste su nombre.

Por mi parte, podría agregar mis eternos encuentros y desencuentros con un libro que me regalaron cuando todavía estaba en la secundaria.

La realidad es que me enojé y me recontra enojé una docena de veces con García Márquez y su árbol genealógico imposible de la familia Buendía. En cada oportunidad que lo comencé, llegué a un punto del relato en el que no sabía de qué José Arcadio me estaba hablando ni qué Aureliano había hecho tal cosa. Lo postergué todas las veces que lo arranqué porque no me parecía justo ni para el relato ni para mi seguir adelante con una relación que no alcanzaba la empatía óptima.

Sin embargo, el texto fue paciente y me esperó unos cuantos años en mi viejo anaquel sabiendo, de ante mano, que tendríamos una revancha. Después de leer La casa de los espíritus de Isabel Allende y El amor en los tiempos del cólera del mismo García Márquez, me sentí madura y preparada para dejar atrás nuestros antiguos conflictos y darle fin a una guerra fría que no tenía ni pies ni cabeza.

Claramente, tomé algunas precauciones antes de iniciarlo por vigésima vez porque estaba decidida a terminarlo y, considero, que puede resultarles de gran utilidad si tienen ganas de sumergirse en los días de gloria e infortunio del pueblo de Macondo. Nada de otro mundo, gente. Sólo una hoja y un lápiz siempre a mano para ir trazando, conforme al relato, la sucesión de siete generaciones de la familia Buendía.

Asimismo, puedo agregar que Cien años de soledad tiene pasajes hermosos con reflexiones tan simples como inesperadas capaces de suscitar una cadena de nudos en la garganta y una epidemia de añoranzas que terminarán por avasallar nuestro propio presente.

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