El mapa de tus gestos

No me sale no sonreír
cuando me cuelgo en el norte de tu mirada,
siempre apunta al cielo.
Me das pistas sin saberlo
y yo las guardo en la memoria
para ir dibujando sobre la piel
un mapa de tus gestos.

el piecito derecho repiqueteando
mientras esperas el agua para los mates;
los puchos que jamás terminas
y apoyas sobre el cenicero de madera para que yo los termine;

ese tema de Calamaro que nos aburrió de tanto escucharlo
pero que seguís cantando a grito pelado cuando te duchas;
las frases de mis poemas (o los pobres intentos esbozados sobre el papel)
que resaltas con marcador celeste;

la pulsera, la picada con fernet y la camiseta del abuelo Matías,
las tres cábalas infaltables cuando Boca sale a la cancha;
la biblioteca desordenada que cada tanto acomodo
y vos volves a desordenar;

esa jodida costumbre de perder la billetera
cuando hasta el vecino sabe que la dejas sobre el televisor;
las veinte teorías interminables que maquinas
cuando no entendemos los finales de las películas;

la colección de autitos que no para de crecer,
las plantas verdes verdes en el balcón,
los discos de vinilo que no pensas vender,
la pintura de la nona en el comedor,
la guitarra fuera de su estuche esperando en la cama,
los caramelos ácidos en la mesita de luz.

No me sale no sonreír
cuando me cuelgo en la simpleza de tus detalles:
el café espumoso, la birra bien helada
y una mantita para tirarnos al pasto
y escribir una nueva canción.

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